Sabina, Granada y viceversa

Hacía ocho años que Joaquín Sabina no cantaba en Granada. El tipo de 66 que en marzo de 2015 subió al escenario del Palacio de Deportes con su traje verde cancelaría, unos años después, sus conciertos granadinos de la gira “Lo niego todo” por motivos de salud. Por eso, el pasado viernes ocho de septiembre, tanto el cantautor como su público acudíamos a la plaza de toros de Granada con una espinita que nos moríamos por arrancar. Y aunque el ubetense comenzó el recital comentando que, en parte, debería estar en Triana (en los funerales de su amiga María Jiménez fallecida solo un día antes), lo que ocurrió en las más de dos horas de concierto fue algo que los sabineros jamás vamos a olvidar.

Sabina durante la gira 500 noches para una crisis

Un Joaquín Sabina antológico sobre el escenario rápidamente demostró que los fantasmas del pasado (ataques de pánico escénico, la caída en el Wizink) son eso: «agua pasada, tierra mojada». El nombre de la gira, Contra todo pronóstico, cobró sentido sobre todo para los escépticos porque Joaquín, otra cosa no, pero es consecuente con sus letras y demostró lo que reza su último tema: «derrapan otra vez los que dicen que soy mi peor enemigo». Sabina cantó como nunca, es decir, tan regular como siempre, por eso, cuando el concierto no había llegado ni a su ecuador, tras interpretar el himno “Tan joven y tan viejo (like a Rolling Stone)”, tras aquellos dos versos que, a estas alturas de su carrera cobran tanta emoción y sentido: «así que de momento nada de adiós, muchachos / me duermo en los entierros de mi generación», la plaza de toros de Granada no pudo más que ponerse en pie y dedicar una ovación que se alargó hasta los casi cinco minutos al cantante jienense. Se vio a un Sabina realmente conmovido por su público y pagó con una segunda mitad de concierto más brillante, si cabe, que la primera (incluido el “momento estrella fugaz” que los que asistimos el viernes atesoraremos para siempre).

Sabina en Granada 08/09/23

En la estrechez de la plaza de toros (rodillas contra espaldas, hombros contra hombros) escuché, proveniente de la fila de detrás, la frase que resume el concierto, una señora exclamó: “¡a este deberían darle el Nobel y no al Dylan ese…!” Y es que sí, el fanatismo lleva hasta a la blasfemia, hasta la negación de Dios, quiero decir, de Dylan (tanto monta). Pero no es para menos, porque Joaquín no es para menos.

Escribo estas líneas mientras se celebra la segunda fecha de Contra todo pronóstico en Granada y me come la envida (sana) por los que están hoy allí. En la memoria queda la noche del viernes, más de cuarenta años de carrera y un verso repitiéndose en bucle: «Nos dijimos adiós, ojalá que volvamos a vernos». Ojalá, ojalá…

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