Vuela en paz, Fernando Botero

Madrid tiene sus gordas de Botero. Y Medellín, por supuesto. Y Ciudad de México y París y Bogotá. Yo también tengo las mías, que son intangibles, porque ingresan por decantación junto a la obra de Oscar Niemeyer, Wifredo Lam o Diego Rivera al caudal de cultura de cualquier hispanoamericano. Por poner un límite, para no ser pretensiosos en nombre del genio que acaba de morir.

Nacido en Medellín, en la falda de los Andes colombianos, en abril de 1932, Fernando Botero se convirtió con el tiempo en uno de los artistas mejor cotizados de su época. Quiso ser torero, pero la contienda que le arreglaron los hados sería contra el tiempo, que todo lo desvanece.

Puesto que no se instaura un estilo sino al ritmo de pruebas y fracasos, Botero deambuló por Barcelona, Madrid, París, Florencia, Bogotá, Ciudad de México y Nueva York. Él mismo admitió la influencia temprana del pintor Paolo Uccello y del teórico Bernard Berenson en sus mejores trabajos. Siendo oriundo de los Andes, donde el ánimo es más bien terroso, abrió sus cuadros a los colores cálidos bajo el efecto de la pintura mexicana.

LA SENSUALIDAD DE LO ROBUSTO

Su búsqueda, sin embargo, no había concluido. Hacia 1962, establecido en Nueva York, Botero decidió, según todos sus críticos, seguir adelante con la experimentación en torno al volumen, lo que desembocaría en un sello único e intransferible. En la década siguiente se inició en la escultura y perdió a su hijo. Se menciona la tragedia porque habría de electrizar la mano que manejaba el cincel, añadiendo más peso a su estilo.

 Paradójicamente, Fernando Botero se volvería pertinaz y omnipresente. Disímiles ciudades de Estados Unidos, Europa, Rusia, Asia y América Latina acogieron sus exposiciones, que iban desde asuntos bucólicos hasta la política y la denuncia de la guerra. Su larga vida no perdió fecundidad. Si un artista ha sido lúcido e imprescindible hasta hoy es Fernando Botero.

Por eso estas notas intentan renunciar al tono del obituario, aunque no lo consigan. Botero ha muerto y ese hecho tiene su peso en la pintura, la escultura; en la vida diaria en Medellín, Colombia y en la del mundo occidental, sin exageraciones. El presidente de su país, Gustavo Petro, ha escrito hoy en redes sociales: «Fue el pintor de nuestra violencia y de la paz. De la paloma mil veces desechada y mil veces puesta en su trono». Miquel Iceta, ministro de Cultura y Deporte de España, lo ha despedido así: «Descanse en paz. Su huella es imborrable».

Se va Fernando Botero porque la vida es breve. Queda su obra, no solo para ser admirada, sino también como recordatorio de que el arte no es lo que entreteje naderías, sino una señal de resistencia.

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