Moby Dick el fantasma

Esta no es la única época en que la gente ve a la literatura en retirada. Se temió su muerte ante el cine, la radio, la televisión, los casetes de vídeo de Philips y más tarde internet y las redes sociales. Se dijo que el audiovisual mataría los libros ―si no los había matado ya―, porque una imagen (y peor, en movimiento) valía más que mil palabras. Pero la literatura es escurridiza, porque es etérea. Es volátil y si se esfuma es sólo para materializarse en otro sitio y otro tiempo. ¿Cuánto dura un éxito de Bad Bunny? ¿Cuánto dura una novela como Moby Dick?

Fíjense en esta frase: “El fomento de la lectura”. Ha sido un propósito de cuanto gobierno tiene dos dedos de frente y un despropósito de los gobiernos malsanos. La quema de libros es el símbolo mayor de la maldad infligida al pensamiento libre y por tanto a la evolución. Sólo que su antípoda, el reconocimiento de la necesidad de leer, debe ser concertado, no impuesto. Los libros no se infligen; se brindan.  Tal vez sea hora de reconocer que leer ficciones es cosa de no muchos elegidos o ilusos. Sólo que hay ilusiones más potentes que las leyes.

MOBY DICK O LA AUTODESTRUCCIÓN

Pero a lo que íbamos y puesto en un estilo escolar: Un día como hoy 14 de noviembre, pero del año 1851, Herman Melville, aventurero, marino y más tarde poeta, ensayista y, sobre todo, novelista, publicó Moby Dick o La ballena. Un libro inaudito, que se resume rápido. Decimos: el capitán Ahab, obsesionado con matar a un cachalote, lo persigue por medio mundo. Y no hay mentira en ese ripio de frase, aunque falta todo lo esencial. Sentido sinfónico de la estructura, tratado cetológico (o sea, sobre los cetáceos), riesgoso estudio de las pasiones humanas, libro de aventuras, atrevido canto al mal. Eso, superficialmente, porque Moby Dick es mucho más.

Relato apocalíptico, pantalla líquida de la obediencia y el miedo, documento lingüístico, la gran obra de Herman Melville se nos antoja inmortal, incluso si nadie volviera por sus páginas. Porque de alguna extraña manera, todos somos o hemos sido capitanes Ahab en tierra firme, y ese es el valor inexcusable de la literatura. Quizás no el único, admitido. Pero ante algo llamado Moby Dick mejor es persignarse. Sin saberlo y sin dudarlo, podemos admitir nuestras culpas.

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