El Maestro y Margarita

Hablemos del diablo. Y por partida doble. Es lo que pasa en la novela El Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov. Un diablo que visita a otro. El Maligno que se presenta en un estado totalitario, donde imperan la prohibición y la mentira.  Uno de los libros más sobrecogedores del siglo XX, por ponerle un marco.

He aquí, atropelladamente, el argumento: el diablo decide aparecer en el Moscú de la década de 1930, después de que en la Unión Soviética se estableciera la Nueva Política Económica (NEP), que fue lo que hoy llamaríamos un paquetazo neoliberal de Vladímir Lenin. Ser ateo es forzoso en aquella capital y en aquel país, y este dato resulta primordial. El diablo lleva un séquito y se presenta como un especialista en magia negra. No más llegar se involucra en una polémica con dos hombres: un poeta y un burócrata de la literatura. Estos sostienen que Jesús no existió; el diablo les explica que él fue testigo de la crucifixión.

EL MAESTRO Y MARGARITA VERANEAN EN EL AVERNO

Novela en dos planos ―como mínimo―, El Maestro y Margarita plantea la cuestión de la fe más allá de lo religioso y también la de la culpa o la inocencia, la del arrojo o la mezquindad, del bien y el mal, así como la de la trascendencia. Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891-Moscú, 1940) creó un monumento a partir de su aversión hacia la censura, que como nadie padeció. Su personaje el Maestro por momentos se le asemeja, aunque Bulgákov no es el Maestro. Este ha escrito, precisamente, una historia sobre la pasión y el tormento de Jesús de Nazareth, y pagará por ello, pues en la Unión Soviética hablar de la fe es herejía.

El homo sovieticus ―una clasificación introducida por Svetlana Alexéievich― se proclamaba dueño de su propio destino y el único facultado para mover montañas. Las montañas, en todo caso, fingía moverlas una burocracia partidista dispuesta a controlar incluso el pasado. En ese contexto de asfixia y absurdo, la amante del Maestro, llamada Margarita, pacta con el demonio. Acepta someterse a su propio via crucis para salvar al escritor.

Mijaíl Bulgákov es despiadado con la hipocresía del régimen soviético. Pinta el Moscú de la censura y la prohibición con tintes grotescos y concede a las escenas “diabólicas” un tono de elegía. Ello, en todo caso, ratifica el sentido irónico de El Maestro y Margarita, una obra que Bulgákov nunca vio publicada. La primera edición, mutilada por la censura ahora en la más rigurosa realidad, apareció casi treinta años después de su muerte. Con posterioridad ha sido traducida a disímiles lenguas y editada ininterrumpidamente.

De las decenas de versiones para cine y televisión creadas a partir de El Maestro y Margarita, recomiendo a los lectores impacientes y también a los no-lectores, la miniserie en diez episodios que dirigió en 2005 Vladímir Bortko.     

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