Celebro la muerte de Marcel Proust

Fíjate en este postulado: El problema del tiempo, de cuya complejidad nos advirtieron científicos como Albert Einstein, es el eje de la obra del francés Marcel Proust. No parece una mentira, pero hay que desmenuzarlo. De hecho, Proust, que nació rico en París, en 1871, denomina al conjunto de su obra narrativa, precisamente, “En busca del tiempo perdido”. Dice san Agustín: No en el tiempo, sino con tiempo, Dios creó los cielos y la tierra. ¿Alguien entiende algo? Marcel Proust tampoco entendía; entonces, para averiguar, redactó sus siete novelas o las siete partes de su tratado sobre la forma de hacer que el tiempo fluya a la inversa.

El caso es que Marcel Proust murió un día como hoy 18 de noviembre, en 1922 y quiero celebrarlo. No olvides que celebrar es, en su forma básica, hacer célebre y no precisamente armar una rumba. Así que celebrémoslo. Pero en 1922, al morir, Marcel Proust pareció pasar el testigo a James Joyce, que ese mismo año publicó Ulisses y a T. S. Eliot, que se apareció con La tierra baldía. Eso de ver la literatura como un continuum tiene su atractivo y, de ser cierto, nos autorizaría a estar optimistas y alertas. El pensamiento evoluciona, eso es indudable, y en las décadas de 1910 y 1920 ya eran conocidas, entre otras de distintos campos, las teorías de Max Planck y de Einstein.  ¿Las leyó Marcel Proust? Y aunque no lo hubiera hecho. Existían.

PROUST AGUJEREANDO EL TIEMPO

¿Cómo se crea una realidad a base de enristrar palabras? ¿Cómo se desafía el tiempo sin que el resultado sea una banalidad? Todo tiene que ver con la condición finita de los seres humanos, con que el último agasajo nos lo hará la muerte. Marcel Proust escribió su monumento enfermo y aislado por propia voluntad. Un novelista como Benito Pérez Galdós ―y es apenas un ejemplo― habría conseguido, frente a un proyecto similar, un relato de una lógica angulosa y consecutiva. Proust, sin embargo, parece agujerear el tiempo. A partir de una sensación o de un recuerdo, más que reflexiones, transforma lo pasado. Un objeto puede ser un atajo hacia la eternidad, con lo que se desmiente la sacrosanta idea del tiempo como una flecha en el aire.

Esa operación no es placentera. Marcel Proust no estaba jugando. El arte no siempre entreteje naderías y, para colmo, retribuye a regañadientes y cobra caro. Eso sí, quedan esas extrañezas de las que nos beneficiamos nosotros y casi nunca el artista. Me estoy poniendo dramático, pero el destino de gente como Proust lo es. En cada una de las siete partes de “En busca del tiempo perdido” se recicla la misma pregunta: ¿Para qué nacimos?  

La otra cuestión es la de la memoria. Eso que recordamos, ¿lo recordamos siempre, aunque no nos demos cuenta? ¿Hay tiempo almacenado en los recuerdos? En todo caso, la estructura de cada una de las partes de esta obra nos recuerda que es cierto lo que dijo el viejo san Agustín. No en el tiempo, sino con tiempo estamos formados.

 

COMPOSICIÓN DE «EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO»

Por el camino de Swan (1913), A la sombra de las muchachas en flor (1919), El mundo de Guermantes (1921), Sodoma y Gomorra (1922), La prisionera (1923), La fugitiva (1925), El tiempo recobrado (1927).

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *