Cine bélico para cobardes

El mejor cine bélico trata sobre los vencidos. O casi. Dígase de entrada:  Sin novedad en el frente, la versión dirigida por Edward Berger en 2022. Dígase Platoon, de 1986, dirigida por Oliver Stone. Y, más atrás, la sin igual La balada del soldado (1959), de Grigori Chujrái. La lista es infinita, ya se sabe, pero quiero poner el acento en este tipo de cine, al que le interesa mucho menos el valor de los defensores de las grandes causas, que retratar la guerra como lo que es: el infierno entre nosotros.

Hay como un toque de languidez en ese cine bélico, porque la muerte en él es la que acapara los grandes planos. Muerte sin el maquillaje de la heroicidad. Dígase Quemados por el sol, de Nikita Mijalkov, en la que si hay un conquistador es el propio Mijalkov y para eso del Premio del Jurado en Cannes y del Oscar a la mejor cinta de habla no inglesa, ambos en 1994. Dígase  Idí i smotrí (Ve y mira, 1985), de Elem Klímov. Y que no se me tome por un flojo adorador del cine de denuncia. En todo caso estas películas que anoto simbolizan primero el drama de la vida a la que pretende dar caza la avaricia. Ni más ni menos. La avaricia es la madre de las guerras que han sido y de las que vendrán.

CINE BÉLICO: PARA MIRARLO DE REOJO

De todo hay en el cine bélico: exaltación del coraje, de la dignidad. Retrato de las grandes personalidades, como aquellas superproducciones de mediados del siglo XX, achacables no solo a la vanidad de los empresarios de Hollywood, que quede claro. Pues ahí está, por ejemplo, Los dacios, una realización franco-rumana de 1966, junto a muchas más. Pero Hollywood, sin dudas, capitalizó el género. A tal punto que las películas italianas sobre la Antigua Roma, no deben superar en número a las estadounidenses. Filmes estos en los que actores anglosajones de mentón cuadrado y orificio en la barbilla representaban sin ninguna dificultad a emperadores y militares romanos.

Tampoco me atrevo a objetar el patriotismo en el cine bélico. Líbreme de las blasfemias san Clint Eastwood, quien en Cartas desde Iwo Jima (2006), se abstiene, por cierto, de caricaturizar a los japoneses. Ni la especulación histórica de Ridley Scott ―que uno se esfuerza por estar al día―, en Napoleón, aunque la suya no es una realización estrictamente bélica. Se trata, más bien, de una película sobre los pesares tardíos de un criminal.

Sin embargo, insisto: me inclino a pensar que el mejor cine bélico es aquel que, colocando a la guerra en un envidiable close-up, consigue el efecto contrario. Que es el de recordarnos que no hay hazaña más potente que vivir. Sin olvidar que no se va al cine a ser amaestrados.

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