Los coágulos de luz

CONTINUACIÓN DEL CUENTO DEL DOMINGO ANTERIOR

Al café se descendía por unos escalones de hierro fundido hasta un salón con mesas también de hierro y camareras con sayas extra-short. Sobre una pared había un afiche más bien gigantesco de la portada del disco The Stranger, de Billy Joel. Desde nuestra mesa se veían las piernas de los transeúntes en la acera. Por aquella vez Barb sufragaría la merienda. Eso dijo, simpático, y la guatemalteca, que tapaba su nombre vernáculo con el nickname de Betsy, declaró que a ella le gustaban los croissants.

A mí me daba igual. Tomaría un capuchino y una cuña de tarta, dije, y Barb comentó que, siendo los latinos tan discretos, podía volver a invitarnos en cualquier otro momento. Nos llamaba “latinos” en un tono que le preservaba la supremacía, sospeché y me sentí inquieto. Él se pidió una ensalada de mariscos y una cerveza. Negra de Brooklyn, en una jarra de vidrio que se cubrió de gotas de resudor. Se dio un buche y espiró complacido. Se dio el segundo y agarró el celular, que había depositado antes en un canto de la mesa.

―Miren esto ―dijo―, hay una joven que ofrece suicidarse cuando reciba en su cuenta cuatro mil dólares.

Betsy devolvió el croissant a su platillo y se echó a reír.

―Un suicidio on line, en vivo y en directo ―agregó Barb―, ¡ah, y con una hoz, qué decadente!

Sentí miedo. Luego dudé, quizás no era miedo, sino incredulidad, sorpresa, asco. Quizás la mezcla de esas tres sensaciones ―sorpresa+incredulidad+asco― diera como resultado el miedo. Una fórmula, como quien dice: H2O2, peróxido de hidrógeno, agua oxigenada. De modo que mi mujer, quien días atrás amenazaba con suicidarse for free, gratis, ahora orquestaba una subasta de tonos necrofílicos, solo para chantajearme. Parecía haber estudiado cada variante. El depósito en su cuenta debía realizarse en bitcoins, nada de dinero corriente, y apuntaba una página en la que se daban detalles de cómo llevar a cabo la conversión.

¿Estaría The Barbarian al corriente de mi vida? ¿Sabía que se trataba de mi esposa y por eso traía a colación el espectáculo? Decidí no darme por enterado. Aduje que internet era un mundo paralelo y que a veces exacerbaba la locura, el delito, el pecado, pero también la mentira. ¿Y de dónde procedía de todos modos aquella excéntrica? ¿Y para qué querría cuatro mil dólares después de muerta?

―Ah ―dijo Barb―, eso es lo interesante. Asegura que antes de marcharse del reino de este mundo los donará a una fundación de aquí, de La Gran Manzana.

Betsy se echó a reír. Después se levantó y expuso que bastaba por aquel día de patetismo. Nos despedimos de Barb y volvimos grupas a la estación de la Calle 14, yo detrás con las botellas de vino y ella un paso por delante, escrutando los alrededores. Una cuadra más allá se detuvo frente a Union Square. Dijo que habíamos encontrado el sitio ideal para el experimento fijado por The Barbarian, que sería allí ―entre vendedores de comida ecológica, sofisticados proletarios, turistas, secretarias que engullían siempre el mismo tentempié, mimos ambulantes, skaters, activistas de casi todo, emigrantes, policías, y enfermeros del hospital adyacente― donde nos fotografiaríamos uno al otro, al amanecer, a mediodía, a mitad de la tarde, en el crepúsculo y al filo de la madrugada. No me permití contradecirla. Entusiasmada, precisó:

―Por desgracia, dejamos las cámaras en Brooklyn, así que empezamos mañana.

Esa tarde me invitó a unas copas de Marsanne, escoltadas por una selección de temas de Janis Joplin. Yo era más de Pink Floyd, le confesé, o de Nirvana, AC/DC y Guns ´n Roses, aunque había días que me rebajaba hasta Gerry Rafferty o incluso Rammstein, por no hablar de mi música, la mejor de todas, la timba cubana. Así que ya podía darse cuenta de mi ausencia de prejuicios: que dejara a Janis Joplin, no había problemas. Joplin era la cantante preferida de Richard Avedon, su ídolo, me explicó, por lo que ejercía sobre ella una influencia tajante. Le sonreí. El vino filtraba el sabor de un mosto más bien atávico, que me hizo caer en soberbia. Pensé que beberlo con aquella guatemalteca era un desperdicio, aunque fuese ella quien lo pagó.

Me distraje con una enciclopedia del tatuaje carcelario soviético que pertenecía a la pequeña biblioteca del apartamento. ¿La habría traído Barb? ¿Y por qué Barb? Era una reedición en papel cromo de una casa británica y contenía fotos insospechadas. Una de ellas mostraba a un hombre de mirada triste, sosteniendo un chelo. Era en extremo musculoso y estaba desnudo, invadido de dibujos que aludían a la prisión y la desgracia. Otra se centraba en el perfil de una mujer con una crin recia en el pubis y sobre la cadera un conjuro: “Que sobre ti caiga mi amor como la losa de piedra de una tumba”. La tercera fotografía destacaba la espalda de un viejo que se había mandado a tatuar una caricatura del mariscal Zhukov orinando sobre una cruz gamada.

CONTINUARÁ

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