La ciudad de Madrid tiene mil rincones cargados de historia, pero pocos tan fascinantes —y oscuros— como la calle de Antonio Grilo, una pequeña vía del barrio de Malasaña. Entre finales del siglo XIX y mediados del XX, esta calle vivió una serie de sucesos violentos que la convirtieron en protagonista de leyendas urbanas y crónica negra local. Hoy exploramos su pasado, los crímenes que marcaron su reputación y cómo ha evolucionado la percepción de este lugar con el paso de los años.
¿Dónde está Antonio Grilo y por qué su nombre genera inquietud?
La calle de Antonio Grilo es una pequeña perpendicular a la travesía de las Beatas, muy cerca de la plaza de los Mostenses, en pleno corazón del barrio de Malasaña. Históricamente se llamaba calle de las Beatas, referencia a un antiguo beaterio o convento que ocupaba la zona antes de desaparecer. A comienzos del siglo XX se rebautizó con el nombre de Antonio Fernández Grilo, un poeta madrileño menor que dio nombre a la vía, pero no —como a veces se cree— a una figura criminal.
A primera vista, es una calle más entre las muchas que pueblan la zona central de la ciudad. Sin embargo, su fama de lugar “maldito” nace precisamente de las muertes violentas que, a lo largo de varias décadas, ocurrieron en el mismo edificio o en sus alrededores.
El primer crimen: el asesinato del camisero en 1945
Aunque hay referencias a sucesos aún más antiguos, uno de los primeros crímenes modernos que marcaron la leyenda ocurrió en 1945. La policía encontró el cuerpo sin vida de Felipe de la Braña Marcos, un camisero de 48 años, en uno de los pisos del número 3 de la calle. El cadáver mostraba signos claros de haber sido asesinado tras un forcejeo, aunque los detalles de lo que realmente ocurrió se perdieron en el tiempo.
Este asesinato fue un impacto no solo por la violencia del hecho, sino porque abrió la puerta a que la comunidad empezara a ver aquella vivienda como especial —no en el buen sentido—. Para muchos vecinos, la casualidad de una muerte violenta no era suficiente, y la historia comenzó a acumular un aura de misterio y fatalidad alrededor de ese edificio.
El caso que lo cambió todo: el parricidio de 1962
El crimen que realmente fijó la reputación de Antonio Grilo en la historia negra de Madrid fue el parricidio perpetrado por un sastre en 1962. En el número 3 de la calle vivía José María Ruiz Martínez, un sastre de 45 años, con su esposa y cinco hijos. Por razones que combinan problemas económicos, personales y familiares, Ruiz tomó una decisión dramática y horrorosa: mató a su mujer y a cada uno de sus cinco hijos en el interior de la vivienda.
La brutalidad del acto fue tal que el sastre salió después al balcón con los cadáveres y comenzó a gritar para que los vecinos supieran lo que había hecho. Según reconstrucciones periodísticas y testimonios posteriores, gritó frases como “¡Los he matado a todos!” y “¡Los quería mucho!”. Estos detalles, escalofriantes y visceralmente humanos, hicieron que el crimen no fuera solo un hecho policial, sino una tragedia vivida por todo un vecindario.
Finalmente, Ruiz se suicidó, poniendo un punto final a una historia que conmocionó a toda Madrid. Aquella escena —una familia destruida desde dentro y un hombre consumido por su propia desesperación— quedó grabada en la memoria colectiva de la ciudad y fue objeto de consulta, análisis y relatos durante décadas.

Otros sucesos y la construcción de una leyenda
Aunque el asesinato de 1962 fue el más sonado, no fue el único hecho violento asociado a la calle. En el mismo edificio —especialmente en el número 3— se reportaron otros sucesos violentos en un período sorprendentemente corto. Entre ellos:
- Una mujer que en 1964 estranguló a su bebé recién nacido y dejó el cadáver envuelto y oculto hasta que fue descubierto por su propia hermana.
En total, entre finales de los años 40 y mediados de los 60, se cuentan al menos ocho asesinatos o muertes violentas en el mismo edificio, todos rodeados de circunstancias dramáticas y a menudo personales o familiares.
Esa acumulación de tragedias en un mismo espacio físico fue la que, poco a poco, alimentó la percepción de que aquella calle tenía algo especial, oscuro y perturbador. No era solo una serie de sucesos aislados, sino una concatenación que muchos vecinos y cronistas empezaron a interpretar casi como una maldición.
Entre la realidad y los mitos urbanos
Con el tiempo, estas historias se mezclaron con relatos más fantásticos: voces inexplicables, supuestas apariciones y presencias en el edificio vacío o en construcciones antiguas cercanas. Algunas personas que participan de rutas de misterio y tours de leyendas en Madrid mencionan incluso una figura de una anciana vestida como un fantasma que aparece ocasionalmente en los balcones, provocando sustos y curiosidad entre grupos de visitantes.
Es interesante notar que muchos de esos relatos no tienen respaldo documental —son narraciones orales, impresiones de guías o anécdotas de quienes han participado en tours nocturnos— pero refuerzan la percepción popular de Antonio Grilo como una calle maldita.
La memoria de Malasaña y el cambio urbano
Malasaña, hoy uno de los barrios más vibrantes y de moda de Madrid, siempre ha tenido un pie en la historia alternativa y en la contracultura. La calle de Antonio Grilo encaja en esa narrativa: un lugar pequeño, aparentemente norte de historias oscuras, que contrasta con la energía de cafés, tiendas y actividades culturales del entorno.
Con las décadas, muchas de las construcciones se han renovado y muchos vecinos actuales quizá desconocen los detalles de esos crímenes o los mitos que circulan sobre la calle. La ciudad cambia, las generaciones se renuevan y las historias que antes se contaban de puerta en puerta —en tiendas y bares cercanos— a menudo se pierden o se transforman. Sin embargo, la memoria de esos crímenes sigue siendo un capítulo fascinante de la historia de Madrid, especialmente para quienes se interesan por la crónica negra y las historias que explican cómo vivía y sentía la ciudad en otro tiempo.
Una calle normal con un pasado extraordinario
Hoy, al pasear por la calle de Antonio Grilo, cuesta imaginar el peso de las historias que se concentran en tan pocos metros. El tráfico, los vecinos que entran y salen de casa, los pisos reformados y el ritmo cotidiano de Malasaña han ido diluyendo la sensación de tragedia que durante años acompañó a este lugar. Sin embargo, el pasado no desaparece del todo: permanece en la memoria colectiva, en los libros de crónica negra y en las conversaciones de quienes se interesan por el Madrid más oculto.
El caso de Antonio Grilo nos recuerda que las ciudades también tienen cicatrices. No todas se ven a simple vista, pero están ahí, inscritas en direcciones concretas, en fechas que marcaron a un barrio entero y en sucesos que obligaron a la sociedad a mirarse a sí misma. Detrás de cada crimen hubo personas reales, vidas truncadas y contextos sociales muy distintos a los actuales, en una época en la que hablar de salud mental, pobreza o conflictos familiares era poco habitual y muchas tragedias se vivían en silencio.
La fama de “calle maldita” dice tanto de los hechos ocurridos como de nuestra necesidad de dar sentido a lo incomprensible. Cuando la violencia se repite en un mismo espacio, el ser humano tiende a buscar explicaciones simbólicas, casi mágicas, para poder asimilar el horror. Así nacen las leyendas urbanas, los rumores y las historias que se transmiten de generación en generación, mezclando realidad y mito hasta hacerlos inseparables.
Antonio Grilo no es hoy un lugar peligroso ni excepcional, pero su historia sigue siendo un recordatorio poderoso de que Madrid es una ciudad construida sobre capas de vida, dolor y memoria. Conocer estos episodios no es recrearse en el morbo, sino entender mejor el pasado para comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Porque incluso en las calles más discretas pueden esconderse relatos que explican, mejor que ningún manual, la cara más humana —y a veces más oscura— de la historia urbana.
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