El estremecedor crimen de Los Cerezos II

Capítulo II. Deducciones siniestras

El despacho del inspector Avellán era luminoso, grande y muy austero. Las paredes eran blancas, con partes ya un tanto desgastadas por el tiempo. Solo tenía dos cuadros colgados: la foto del rey Alfonso XIII y la del distrito Buenavista., que era al que pertenecía la comisaría: Había una gran cantidad de estantes con archivos y libros de todas las clases, colores, grosores y tamaños. El escritorio de Avellán era pulcro y ordenado. Como único adorno tenía la foto de sus padres y un globo terráqueo con aspecto de ser muy antiguo pero en un estado impecable. Manuel, siempre que iba a visitarlo no paraba de juguetear con el globo hasta que su amigo le miraba inquisitivamente para que parase. Era muy especial con sus pertenencias. Avellán, era un hombre que pasaba los cincuenta, y aunque era calvo y un tanto delgado, se mantenía apuesto porque le gustaba cuidarse.

-Hacía tiempo que no venías por aquí querido amigo – comentó Avellán mientras le indicaba la silla que había frente a él para que tomase asiento- dime qué te inquieta. Aunque creo ya intuirlo…

Antes de acomodarse en la silla, Manuel le puso sobre la mesa un periódico con la noticia del crimen de Los Cerezos. Avellán apenas le echó un vistazo y miró nuevamente a Manuel. 

-Esto ha pasado en Extremadura. No puedo decirte mucho más.

-Vamos, vamos, Luis. Estoy seguro que has movido cielo y tierra para enterarte de todo. No es un crimen cualquiera.

El estremecedor crimen de Los Cerezos II

El inspector Avellán simulaba leer unos documentos mientras escuchaba a su querido amigo. Tras unos instantes, le miró por encima de las gafas y esbozó una leve sonrisa que Manuel interpretó como un signo de complicidad. Tenía información sobre el crimen y estaba intentando descubrir más detalles sobre lo sucedido.

-¿Qué pensaría Dupin sobre el hecho de que las niñas fueran separadas de los adultos? – rompió el silencio Pertierra.

-Bueno- carraspeó el inspector- Dupin y Holmes dirían que lo más evidente suele ser la respuesta a los problemas más enrevesados…

Ambos se mantuvieron en silencio mirándose a los ojos durante unos segundos.

-Mi querido amigo – rompió la mudez Pertierra – ¿por qué no vienes a cenar a casa ese sábado? Invitaré también a doña Irene, sé que es muy de tu agrado…

La última frase la pronunció Manuel con cierta picardía ante el sonrojo del inspector.

-Iré siempre y cuando tu cocinera nos deleite con su maravilloso cordero con patatas y cebollitas- respondió sonriendo, se le hacía la boca agua de pensar en la buena cocina de Antonia.

-Hecho – Pertierra le tendió la mano para finalizar la visita- te espero el sábado a las ocho y media. Será algo informal, ya sabes.

-Allí estaré con mi traje menos roído.

Ambos emitieron una sonora carcajada y se despidieron definitivamente hasta el sábado.

Cuando Pertierra preparaba una cena en la casa solía delegar todos los detalles en Poncio y Antonia. Ellos podían poner y disponer lo que quisieran sin límites. Esas cosas, a Manuel le daban lo mismo. Él simplemente deseaba pasar un buen rato con amigos. El menú, la vajilla, los vinos, e incluso la disposición en la mesa, no le parecían cosas de su incumbencia. Por lo tanto, el personal de servicio disfrutaba de lo lindo porque sentían que estaban acomodando su propia casa.

El comedor era mediano y coqueto con grandes ventanales. Las paredes, poseían un tono azul pastel encantador. La mesa era de roble, rodeada de sillas del mismo material, con un ancho respaldo y asiento mullido. La estancia estaba presidida por un espectacular lámpara de araña, no demasiado estrafalaria, que brillaba aunque estuviese apagada. A la izquierda de la mesa, junto a un gran espejo rectangular, estaba dispuesta la consola donde se colocarían todas las viandas que serían servidas por un siempre hierático Poncio con absoluta profesionalidad.

Antonia, como tenía costumbre, escucharía detrás de la puerta con la intención de conocer de primera mano la opinión de los invitados sobre sus platos. Era una de las mejores cocineras de Madrid, pero eso no evitaba que se sintiese siempre insegura cuando preparaba un evento, por informal o pequeño que fuera.

Aquella noche Poncio había puesto el mantel de lino que la señora Rosalía, madre de Manuel, les envió desde Egipto en uno de sus viajes al milenario país. La mejor vajilla de la casa no podía faltar, ni tampoco la cubertería de plata regalo también de la señora. Todo estaba impecable cuando los comensales ocuparon la mesa. Disfrutaron de una fresca ensalada, se deshicieron en halagos con el maravilloso cordero de Antonia y no faltaron los suspiros de placer al probar las natillas que había preparado como broche final. Todo regado con un vino tinto delicioso francés y licores. En este caso, un buen licor de hierbas para los tres.

El estremecedor crimen de Los Cerezos II

Tras finalizar la deliciosa cena en la que la conversación fue divertida y muy mundana, pasaron los tres a una pequeña sala donde les esperaban unos cómodos sillones de terciopelo rojo oscuro. Los grandes ventanales permanecían ligeramente abiertos para que el escaso frescor que fluía aquella calurosa noche de verano pudiera introducirse en la casa. En un momento dado, el inspector sintió las miradas de sus dos amigos clavadas en él, sabía que estaban esperando que soltase de una vez cuanto sabía sobre el crimen más mediático de la crónica española del momento. A Avellán le encantaba hacerse de rogar así que encendió un cigarro con toda la parsimonia del mundo, y haciendo un gesto un tanto cómico con el bigote simplemente comentó: «Lo único que puedo deciros es que la investigación que se está realizando es sospechosamente nefasta».

Irene se refrescaba profusamente con su abanico de plumas de marabú. A Manuel le llegó la pequeña brisa que había provocado acompañada del exquisito perfume de jazmín, con un cierto toque a vainilla, que envolvía a su amiga. Adoraba aquel olor.

-¿Sospechosamente?- se asombró Irene- ¿Y qué sospecha usted, querido inspector?

-Simplemente no interesa que el tema esté mucho tiempo en circulación y pretenden darle carpetazo como sea lo antes posible.

-… Por Dios… -susurró Irene indignada.

-Pero Luis, ¿no nos puedes contar más detalles acerca de cómo sucedieron los hechos?

-Si doña Irene no siente reparos…

-Adelante- respondió la mujer moviendo de nuevo con fuerza sus plumas de marabú.

El inspector apagó el cigarrillo, separó ligeramente su espalda del respaldo y tras entrelazar las manos con solemnidad, comenzó a relatar lo que sabía.

-Como bien conocéis- comenzó- todo ha sucedido en una finca de un pueblito de Cáceres. Han asesinado a tres criados y dos niñas. Sin embargo, parece ser que dos de los criados aún estaban con vida cuando fue la policía, y alguna declaración les pudieron sacar antes de perecer. Fueron masacrados a hachazos, lo extraño es que encontraron a las niñas en una parte de la casa y a los adultos en otra. Finalmente, parece que lo hicieron por solo 100 pesetas que pudieron encontrar en la casa tras registrarla como se apuntaba en los periódicos.

-No tiene ningún sentido- dijo Pertierra- no dejo de pensarlo desde que conocí la noticia. Ese crimen no es por dinero.

-¿Y dónde estaban los señores? ¿Tampoco se encontraba el administrador? – preguntó con el ceño fruncido Irene.

-Parece ser- respondió Avellán- que en eran las fiestas patronales de un pueblo cercano y se encontraban allí de celebración.

-Luego el crimen no es casual – apostilló Pertierra.

-Seguramente pensaban que se guardaba más dinero u objetos de  valor. Lo que no entiendo es tanto ensañamiento con las víctimas. ¿Fue por rabia al no encontrar lo que buscaban? – teorizó Irene tras llamar a Poncio para ordenarle una infusión.

-¿Y si el botín no era de carácter material si no… humano?- Preguntó muy serio Pertierra tras acercarse a uno de los ventanales para refrescarse del calor que comenzaba a cargar la sala.

Irene y Avellán le miraron sorprendidos. Una no entendía a qué se podía referir y el otro lo temía.

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