El estremecedor crimen de Los Cerezos III

Capítulo III

Pasear junto a la bella Elvira a primera hora de la tarde por el Retiro, era uno de  los momentos preferidos del día para Pertierra. Ella estaba espléndida con su vestido blanco de encajes y su sombrilla a juego. No olía tan bien como Irene, pero su perfume de rosas también resultaba delicioso. Caminaban despacio, dejándose ver por todos y saludando con una gran sonrisa a los conocidos que se iban encontrando. En un momento dado, Elvira le pidió que se sentaran en un banquito junto a una rosaleda. Manuel, caballerosamente, extendió su pañuelo para que la joven tomase asiento. 

-¿Te sucede algo, Elvira? Desde que nos hemos visto te noto un tanto seria y ensimismada en tus pensamientos.

-He sabido que organizaste una cena en tu casa. Se ha comentado mucho que invitases a doña Irene y no a mí.

Elvira le miraba con sus enormes ojos color miel. Manuel creyó vislumbrar un pequeño destello de ira en ellos. La joven nunca perdía la compostura, pero no ser invitada fue para ella una ofensa importante. Él correspondió a su mirada muy sorprendido y molesto con las personas maliciosas que se dedicaban a envenenar a los demás solo por diversión.

vellorita, tú sabes lo mucho que me interesan los temas sobre criminología. Lo mismo les sucede a mis amigos Avellán y doña Irene, la reunión fue únicamente para hablar del crimen de Los Cerezos. No creí que te pudiese gustar asistir. Siempre que hablo de este tipo de cosas noto tu disgusto.

-Y no te falta razón, pero hubiera sido un bonito detalle que me lo hubieras comentado. No puedo ser la última en enterarme de lo que sucede en tu casa…- respondió bajando la mirada fingiendo cierta decepción. Deseaba castigar a Manuel haciéndole sentir culpable por su supuesto error.

-No estés triste, Elvirita, prometo que te haré saber cuándo se celebrará la próxima cena, pero si vienes ten en cuenta que no serán temas agradables los que se traten.- claudicó mientras le agarraba con sumo mimo una de sus manos.

Ella la apartó con suavidad. No quería dar que hablar ni que Manuel se tomase libertades hasta que no le pidiese formalmente que fuese su esposa. Ese tipo de gestos irritaban profundamente a Pertierra porque le hacían sentir un hombre con sucias intenciones cuando en ningún caso era así. No existía en todo Madrid nadie más correcto y respetuoso con las mujeres que el licenciado Manuel Pertierra.

El estremecedor crimen de Los Cerezos III

Cuando Irene vio entrar por la puerta de su tienda al apuesto Pertierra apenas lo pudo creer. Siempre era ella quien lo visitaba en la farmacia, y aquello se le antojo todo un acontecimiento. La empleada de Irene, Ambrosia, decidió meterse en la trastienda para que ambos hablasen tranquilos. Sabía que su jefa sentía cierta predilección por aquel hombre aunque estuviese comprometido.

-¡Don Manuel, usted por aquí, qué milagro! No me diga que viene en busca de un sombrero – le saludó risueña.

-Pues precisamente a eso vengo. Necesito disculparme con una joven dama y creo que con uno de sus elegantes sombreros conseguiré hacerme perdonar.

Irene comprendió de inmediato. No pudo evitar sentir un pinchacito en el corazón. Pero que podía hacer. El amor es así. Ella enloquecía cuando los profundos ojos azul grisáceo de Pertierra la miraban mientras que él bebía los vientos por una jovencita de la alta sociedad. Inmediatamente se recompuso y le mostró los mejores modelos que tenía en el establecimiento. Él eligió el más elegante y caro, cuando Irene quiso tener el detalle de ofrecer un descuento debido a la amistad que les unía, Pertierra no pudo hacer otra cosa que negarse. Le facilitó la dirección donde enviar el sombrero junto a una pequeña nota cerrada, y se despidieron amistosamente.

-¿Sólo quería un sombrero? – quiso saber Ambrosia cuando salió de la trastienda.

-Qué otra cosa… – Irene le entregó la compra junto a los datos para que se ocupase del envío- Prepáralo tan bonito como tú sabes y mándalo hoy mismo.

Ambas mujeres se miraron con cierta tristeza y después cada una continuó con sus obligaciones.

Ambrosia conocía muy bien los sentimientos de su jefa por Don Manuel. Con el tiempo se habían convertido en amigas, y aunque no frecuentaban los mismos círculos sociales, solían compartir café y confidencias cuando cerraban la tienda. Mientras preparaba el sombrero, se le ocurrió una pequeña maldad. En el momento en el que su jefa se encontraba con otra clienta, se acercó al bolso de Irene y agarró un pequeño frasquito del perfume de jazmín que siempre llevaba consigo. Con todo el disimulo que pudo echó unas gotitas por todo el sombrero y después volvió a colocarlo en el bolso. Era una tontería. Una travesura absurda, pero le divertía la idea de que cada vez que usase el sombrero para encontrarse con Pertierra, oliese a doña Irene.

Cuando Elvira abrió el sombrerero y vio aquella maravilla celeste de tul y sedas, le faltó poco para dar brincos como una niña pequeña. Era un sombrero magnífico, y aún lo era más la nota de disculpa que había adjuntado su amado. En el momento en el que estaba a punto de marcar el número de la farmacia para hablar con Pertierra y darle las gracias con todo su entusiasmo, la madre le quitó el teléfono y lo colgó.

-Niña, ya eres toda una mujer. Estos impulsos no los debe tener una señora de nuestra clase. Lo correcto es que le escribas agradeciéndole el detalle, eso sí, no seas demasiado efusiva.- Su tono era firme y un tanto enfadado. Su hija se convertiría en una dama de tanto prestigio como ella costara lo que costara. No le permitiría ni el más mínimo y absurdo desliz. Una dama siempre debía mostrar un comportamiento perfecto.

El estremecedor crimen de Los Cerezos III

Sobre la media tarde, un mensajero muy estirado le llevó una carta a Pertierra mientras trabajaba en el laboratorio. Le dio una buena propina al muchacho esbozando una leve sonrisa, pensó que podían ser noticias de Los Cerezos por parte de Avellán. las cartas de su amigo siempre le ponían de buen humor porque siempre trataban sobre su verdadera pasión: la criminología. Así que cuando vio que era de Elvira torció el gesto un tanto decepcionado. No es que no le gustase recibir detalles de la que en un futuro posiblemente se convirtiese en su esposa, simplemente le hubiera gustado más una llamada telefónica o una fugaz visita. Igual que hizo doña  Irene aquella vez que le regaló cinco claveles blancos el día de su cumpleaños. La mujer fue corriendo a la farmacia para agradecerle el detalle y de paso colocarle una de las flores en el ojal. Fue un gran día aquel cumpleaños de doña Irene, lo recordaba con verdadero cariño. El sonido del teléfono le sobresaltó. Lo tenía en el mismo laboratorio, así que respondió de inmediato. Era el inspector citándole para comer en la taberna cercana a la comisaría. Había novedades sobre Los Cerezos.

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