Capítulo1. Se conoce el crimen de Los Cerezos
Aquel mes de julio de 1915 era especialmente caluroso. Manuel Pertierra odiaba el calor. Solía sudar demasiado y eso le obligaba a cambiarse de ropa varias veces al día. Vivía en una casa señorial no muy grande de Recoletos, cerca de la farmacia que regentaba. Con él, habitaban su mayordomo, dos criadas y una cocinera. Personal que pagaba su madre desde Argentina para hacer ver a la sociedad madrileña que gozaba de una excelente posición económica. Manuel, se hubiese arreglado con una cocinera y una criada externa que limpiara varias veces a la semana, pero cuando su madre se ponía insistente poco podía hacer al respecto.
El mayordomo se llamaba Poncio. No podía estar más contento con el señor. Era amable, considerado y nada maniático. El único problema eran sus arranques de mal humor cuando las cosas no salían como él las había planeado. El verano, era una época repleta de momentos de mal humor del señor. Poncio ya estaba acostumbrado después de tantos años y los aguantaba con paciencia y sin dejar ver ni una simple mueca de disgusto.
Después de que Manuel se acomodase para desayunar en la salita más pequeña y encantadora de la casa, Poncio le llevó los periódicos El Imparcial y ABC mientras Antonia, la cocinera, terminaba de exprimir las naranjas. Le encantaba enterarse de la actualidad mientras disfrutaba de los manjares que siempre le preparaban.
Al entrar el mayordomo en la salita con la bandeja del desayuno, pudo darse cuenta de que el señor estaba completamente pálido mientras leía los diarios. Tras colocarlo todo sobre la mesa no pudo evitar preguntarle si todo marchaba bien. Manuel se limitó a levantarse de la mesa sin probar bocado, le dio uno de los periódicos y se marchó en silencio.
Poncio leyó el titular de la noticia que parecía haber estado leyendo el señor. Era terrorífica: “Crimen monstruoso en el cortijo Los Cerezos”. Según pudo leer el mayordomo, habían sido asesinadas cinco personas, entre ellas dos niñas y una mujer embarazada. No quiso leer más y comenzó a recoger la mesa.

Cuando Manuel llegó a la farmacia,Telmo, su ayudante desde hacía un par de años, ya estaba atendiendo a los primeros clientes. Con el semblante muy serio, dio los buenos días y entró en la parte privada del local para quitarse la chaqueta y ponerse su ropa de trabajo. Al ver Telmo que su patrón no había esbozado ni una mínima sonrisa, se temió que quizás había hecho algo mal, y por lo tanto, se temió que le esperaba una buena regañina al quedarse a solas. Sin embargo, por más que pensaba, no era capaz de recordar cuál había podido ser su falta. En el momento en el que se fueron todos los clientes, Telmo preguntó de inmediato:
– ¿Todo bien, don Manuel?
-Todo mal- respondió bruscamente mientras hacía garabatos en una hoja de papel con su mejor pluma.
– ¿En qué me he equivocado?- quiso saber Telmo casi con el mismo tono en que se expresaría un niño tras cometer una travesura. Era un hombre joven de 25 años, de buen carácter y estupenda disposición para el trabajo. Vivía en una modesta y honrada pensión cerca de Lavapiés, y una buena parte de su sueldo se lo mandaba a su madre que se encontraba en Valladolid.
Telmo no era un hombre apuesto, pero si agradable y de buenas maneras. Solía hacer sonreír a cuantos se encontraba por el camino y no le importaba que le gastasen bromas porque le sobrasen unos cuantos kilos.
-¡No, no! Discúlpame Telmo. No es por ti. Ha ocurrido algo terrible en un cortijo de un pueblo de Extremadura y no me lo puedo quitar de la cabeza.
-¿Se refiere al espantoso crimen de Los Cerezos?
-¿Lo has leído tú también?
-Don Manuel, no se habla de otra cosa en todo Madrid desde que salieron los diarios. Ha sido una masacre… y con niños… terrible, don Manuel.
Manuel suspiró profundamente. Decidió meterse en el laboratorio para ponerse al día con la formulación de algunas medicinas que tenía pendientes. Pero antes de que pudiera hacerlo, Irene, la dueña de la sombrerería de al lado, entró con el rostro desencajado y un ejemplar del ABC en una de sus manos.
-¿Ya lo ha podido leer usted, Don Manuel? Buenos días, Telmo.
Irene y Manuel eran amigos desde que ella alquiló el coqueto local junto a la farmacia para su negocio de sombreros exclusivos. Irene, acudía a menudo a la farmacia porque necesitaba de por vida un medicamento a causa de una dolencia respiratoria que sufría desde niña, así que poco a poco fueron cosechando una bonita amistad.
Ambos eran de edades similares, unos cincuenta años, les encantaba la buena conversación junto a un buen café humeante y hablar de los casos de Dupin, el detective creado por Alla Poe.
Irene se había quedado viuda hacía diez años, y aunque su esposo le dejó muy bien situada, ella no concebía quedarse en casa recibiendo visitas de señoras que no tenían nada interesante que decirle. Irene era muy guapa, un tanto gordita y de expresivos ojos azul grisáceo. Era nívea como la luna, y con una sonrisa tan luminosa que era capaz de acabar con el día más nublado del año. Sentía una inclinación muy especial por Manuel, pero era conocedora de que se trataba con la bella y joven Elvira de Zárate y no tuvo más remedio que conformarse con ser su amiga.
-Sí, doña Irene, lo he leído y no he podido tragar ni un solo bocado del desayuno. No paro de pensar en todas esas pobres personas masacradas … y las niñas …por Dios, se me rompe el alma cada vez que lo recuerdo.
Manuel vio de reojo a Telmo, comenzaba a dibujar una cara de ponerse malísimo, y decidió enviarle a hacer unas compras necesarias para la botica. Después, invitó a doña Irene a acomodarse en una mesa camilla que tenía situada en una salita de la parte trasera de la farmacia. Allí podía tomar café con las visitas y hablar de cosas de la vida con los clientes que se sentían desanimados por su estado de salud.

-¿A usted no le parece un crimen tremendamente extraño?
-Cierto doña Irene, ¿semejante número de víctimas simplemente por 100 cochinas pesetas? Francamente, me resulta poco creíble.
-¿Ha podido hablar ya con el inspector Avellán?- preguntó ella con impaciencia.
-Aún estoy saliendo de la conmoción, he venido directamente aquí, y en cuanto finalice unos encargos sin duda iré a conocer su opinión.
-Es posible que al ser todo tan reciente no le facilite ninguna información…
-Yo sabré convencerlo – respondió Manuel esbozando una media sonrisa. Conocía bien a su viejo amigo.
-Bueno- dijo Irene tras un largo suspiro- me voy ya que he dejado a Ambrosia sola y no da pie con bola desde que le leí la noticia. Si consigue hablar con su amigo, me visita y me lo cuenta todo, ¿eh?
-Váyase tranquila, doña Irene. La mantendré informada de todo, como siempre.
Tras dedicarle una de sus brillantes sonrisas, Irene recogió el ABC y se marchó. Manuel quedó meditabundo. Sin poder apartar de su cabeza la terrorífica idea de que hubiera personas capaces de arrebatarle la vida a niñas y mujeres con un bebé en su vientre. El hecho de matar en sí ya era abominable, pero resultaba aún más terrible si las víctimas eran pequeñas y vulnerables.
Pertierra por fin se pudo dirigir al pequeño laboratorio. Allí agarró su impoluto mortero, cogió algunos ingredientes que guardaba meticulosamente en botellas de vidrio, y tras medir ciertas cantidades, los machacó en aquel majador al que tanto cariño tenía por ser regalo de su querida madre. Después añadió unos ingredientes naturales, y tras asegurarse de que todo se había convertido en un polvo finísimo, lo dejó reposar en otra botella de vidrio donde veía escrito el nombre del medicamento. Después, lo guardó a buen recaudo. Manuel era extremadamente meticuloso y cuidadoso cuando trabajaba. A los pocos instantes, oyó que alguien entraba en la farmacia, y tras lavarse minuciosamente las manos, salió inmediatamente del laboratorio.
Era Telmo regresando con todos los encargos que le había hecho su patrón.
-Te has tomado tu tiempo, ¿eh, Telmo? -Le reprochó Pertierra.
-Había demasiada gente en las tiendas, don Manuel – respondió mientras apuntaba las cantidades de todo lo que había comprado en un enorme libro.
– ¿Y no será que te has entretenido más de lo debido socializando con doña Ambrosia?- le reprochó.
Telmo comenzó a rascarse el cogote. Cuando lo hacía, significaba que había acertado de pleno en sus sospechas.
-No veo ningún inconveniente en que tengas una buena amistad con ella. Aunque espero, y solo lo digo por ti, que te sientas afín a ella únicamente porque te recuerda a tu querida madre.
Tras volver a ver a Telmo rascarse nuevamente el cogote, pero en esta ocasión con más fuerza, Manuel supo que se había extralimitado en sus comentarios. Pero no podía evitar sentirse responsable de él, y no solo porque fuese su trabajador, sino porque profesaba un sincero cariño por él. Con Telmo era fácil. Inspiraba ternura en cuanto abría la boca.

