Los huérfanos de «Sálvame»

El día que J.J. Vázquez dijo en una de las emisiones de Sálvame que habían contratado lo mejor de lo peor, sin duda fue toda una declaración de intenciones. Lo que comenzó como un programa irreverente y alocado acabó convirtiéndose es uno de los productos televisivos más siniestro y cruel de los últimos años. En cierto que los gritos y las peleas un tanto subidas de tono asomaron la nariz desde el principio, pero al público siempre le quedaba la sensación de que aquello formaba parte del show, máxime cuando los personajes agraviados acudían a Sálvame una y otra vez en cuanto eran invitados. La pela es la pela.

El asunto comenzó a ponerse feo cuando ciertos comportamientos agresivos y formas de actuar poco éticas eran aceptadas por el público sin rechistar. Y no solo aceptados, muchos de esos comportamientos fueron tristemente copiados por una parte de la sociedad, aquella emocionalmente más vulnerable y con menos escrúpulos.

El perfil «Sálvame»

De repente, ser inculto, interesado, obsesionado con el físico y reaccionar ante cualquier situación como si te hubiesen pisado el dedo meñique del pie, estaba bien visto. Poco después, apareció el programa Mujeres y hombres y viceversa, un satélite del cual Sálvame se nutría para engordar sus tramas escandalosas y cutres. Muchos, si no todos, de los jóvenes que participaban en aquel casposo escaparate de músculos y silicona, tenían como meta terminar en el programa insignia de La Fábrica de La Tele.

Los «ninis» con menos sesera que un corcho y agrio carácter se pusieron de moda. Es cierto que algunos no eran «ninis», pero aún así parecían haberse escapado de uno de los programas de Pedro García Aguado. Cuanto más desagradables y desinhibidos eran sexualmente hablando, más opciones existían de triunfar en lo que en su día de denominó «universo Sálvame». Llenar sus bolsillos de dinero fácil y la fama era lo único que les importaba a estos «ninis», aunque tuvieran que vender su alma, y quién sabe si algo más, al diablo.

Ahora se han quedado huérfanos y solos. Su manera de proceder les ha condenado a tener un futuro inexistente en televisión. Se acabaron los colaboradores de músculos y pechos inflados dispuestos a humillar por un módico precio. Son incapaces de reciclarse porque, en realidad, no saben hacer otra cosa televisivamente hablando. Puede que sean inteligentes, pero su escasa cultura, formación y valores les ha obligado a permaner anclados, sin remedio, en un punto del camino.

Se han quedado sin su manantial de aguas estancadas. Aquellos que eran aclamados, envidiados e incluso imitados, han quedado en nada. Se han vuelto invisibles, igual que lágrimas en la lluvia, como diría el espléndido Rutger Hauer en Blade Runner.

El público, también cómplice

El público es uno de los grandes culpables de que la semilla de Sálvame germinara y se expandiera de la manera que lo hizo. Pasamos por alto y permitimos demasiadas cosas. Nadie alzó la voz ante el acoso y derribo hacia María José Campanario. Tampoco se crearon mareas, ni tan siquiera una pequeña ola, cuando Rosario Mohedano era vilipendiada y humillada en sus conciertos. Algunos dejamos de ver los programas asqueados, otros han permanecido hasta el final. Ese público fiel, también se ha quedado huérfano.

¿Y por qué con el tema de Antonio David tantos alzaron la voz? En absoluto ha sido, no os engañéis, porque el malagueño levantase grandes simpatías. Es un tema político. En cuanto Irene Montero apareció en la famosa docuserie, el destino de Sálvame quedó sellado. Aquellos periodistas que los protegían y reían las gracias, Dios sabe por qué, se revolvieron y comenzaron a sacar todas sus armas para aniquilarlos. Estoy convencida de que si la ministra no hubiese hecho acto de presencia, el programa continuaría como si nada. Los gerifaltes de La Fábrica de La Tele también lo saben, pero nunca jamás lo reconocerán en público. Que continúe la farsa hasta el final.

Los huérfanos de "Sálvame"

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