Un muerto ruso y otro irlandés

Sin temor a exagerar —o tal vez exagerando un poco— pudiera afirmarse que la gran obsesión de todo artista es el tiempo, su paso inexorable, y la tragedia de no poder recuperarlo. En la literatura no hay dilema mayor, ni podría ser de otro modo. Desde La odisea, del ciego Homero, hasta las sobrecogedoras narraciones del francés Marcel Proust, se establece una pugna con el tiempo, como si, por tratar de explicarnos su devastadora acción sobre los hombres, fuéramos capaces de derrotarlo.

La muerte como la última consecuencia del devenir, es entonces otra de las ideas fijas de los literatos. Por puro capricho se me ocurre aproximar para explicármelo dos pequeñas obras maestras, de dos pilares literarios, uno de ellos del siglo diecinueve y el otro del veinte: La muerte de Iván Ilich, del conde Liev Tolstói y Los muertos, del increíble James Joyce, el gran reformador.

EL RUSO

Tolstói, el Rey del País de la Novela gracias a La guerra y la paz y Anna Karénina, nació, como se sabe, en 1828 y murió en 1910, ganado por la locura. La muerte de Iván Ilich, uno de sus magistrales relatos, parece, en primer lugar, un lacerante intento por explicarse la muerte, pero, como toda obra genuina, acaba por significar en otras muchas direcciones, que van desde la historia hasta los asuntos más triviales en apariencia. Se publicó en 1886 y resulta, en última instancia, una reflexión sobre el sentido de la existencia. Y sobre el tiempo que se pierde en conseguir cosas banales.

Postal de San Petersburgo circa 1930.

EL IRLANDÉS

Por su parte, al irlandés James Joyce, nacido en 1882 y muerto en 1941, el mundo —incluso los que jamás la leerán— le debe la novela Ulisses, que revolucionó todo lo que se podía revolucionar en materia de ficción narrativa. Su cuento Los muertos apareció en 1914 como parte del libro Dublineses y va de lo social a lo individual, marcando lo más vulnerable de cada ser humano. La tristeza y el absurdo son sus constantes, no menos que la duda.

LOS DOS MUERTOS

Si al protagonista de La muerte de Iván Ilich, de Liev Tolstói, la muerte lo gana poco a poco, en una macabra reconciliación, a los de Los muertos, de Joyce se les hace evidente de un modo trabajoso, como alevosamente. Para Tolstói todo está muriendo; para Joyce todo está muerto. Lo asombroso es que en ambos relatos la muerte no es solo el final, sino también, y previamente, el desengaño, el vacío y la condición patética de mucho de lo instituido.

Dublineses en la década de 1930. Pinterest.

Sin moralejas, sin otro discurso que los sobrecogedores símbolos de sus ficciones, ambos hacen patente una decadencia demasiado compleja como para achacarla sólo a la desigualdad social. Es el ser humano contra sí mismo: observándose, reprochándose, reconociendo el absurdo en que muchas veces se parapeta. ¿Has leído La muerte de Iván Ilich? ¿Has leído Los muertos? Todo esto no es más que una invitación.

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