La adopción de seudónimos puede ser un acto de ocultamiento, o una soberana forma de escandalizar, y no permanece en el ámbito de los poetas o los cantantes, como a menudo parece. El nombre de Charles-Édouard Jeanneret-Gris proporciona, gracias a su característica fonética una sola pista y esta, para colmo, es auténtica solo a medias, pues su responsable no es francés, sino suizo. Pero no sería ese nombre el que inmortalizara al simpar Le Corbusier, un genio lúcido y empecinado, que así son casi siempre los grandes creadores.

Si es indiscutible que la arquitectura moderna no posee un padre absoluto, también lo es que ninguno de sus forjadores defendió sus preceptos con la agudeza de Le Corbusier, quien debe al filo de sus frases el que a menudo se le malinterprete. O se le contradiga, pues fue un polemista despiadado, aunque casi siempre tuvo la razón. Había nacido en el cantón de Neuchâtel en 1887 y murió en Francia en 1965.
SU MAJESTAD EL ORDEN
Cuando se dice que Le Corbusier levantó un trono para la geometría, se alude involuntariamente a todo un estilo arquitectónico al que comenzaban a molestarle los fisgoneos eclécticos de una tradición que se veía como obsoleta. La convicción del suizo de que las ideas y las acciones humanas se suceden en línea recta era una respuesta al llamado de la tecnología y los nuevos materiales de construcción, aparecidos en la década de 1920. Todo ello propició el surgimiento del funcionalismo.

Con resolución aprendida de los franceses, cuya nacionalidad adquirió en 1930, Le Corbusier afirmaba, mientras creaba el propio, que los estilos son una mentira. Para rematar agregaba que una casa no es más que una máquina habitable. Con igual resolución quería arrasar la ciudad de Moscú, y erigir en su sitio una urbe ultramoderna. Además de arquitecto y teórico del movimiento moderno fue pintor, urbanista y fotógrafo.
LA TRAICIÓN MÁS BRILLANTE DE LE CORBUSIER
Charles-Édouard Jeanneret-Gris, es decir Le Corbusier, quien en los años veinte defendió lo que se dice a capa y espada a su majestad el ángulo recto, construyó tres décadas más tarde en Francia la capilla de capilla de Notre Dame du Haut, o La Ronchamp.

Se trata de un prodigio al que sin necesidad de modestia el propio arquitecto llamó “milagro de acústica visual”. La capilla, rodeada de elevaciones y antiguos castillos en ruinas, es un mentís a la “lógica de la razón”, que tanto evocara Le Corbusier y no hay en su composición un solo ángulo recto. Se dice que el arquitecto sucumbió al concebirla a una melancólica evocación del expresionismo de inicios del siglo veinte. Lo cierto es que la cubierta ondulada de La Ronchamp y sus ventanas en aparente desorden, crean por efectos de la luz al interior una especie de misticismo que se burla amigablemente del gran genio racionalista.