Mapplethorpe o la tierra quemada

Polémico no; lo que haya más allá de polémico. Ahora bien, la provocación en sí es algo infantil, mientras que la cualidad de genio incomoda. Robert Mapplethorpe, que nació el 4 de noviembre de 1946, es un icono de la fotografía, no por sus tomas escandalosas, sino por su técnica y, en última instancia, por saber mirar.

Entre flores y escenas de sadomasoquismo se equilibra la obra de uno de los grandes artistas del siglo XX. Son extremos raros, pero si se piensa con detenimiento, se deslizan por una lógica evidente. La guerra y la paz. Lo que te calma y lo que saca de ti al inquisidor, si te toca asistir a una galería. Flujo y reflujo, como el mar, como en la vida.

Mapplethorpe nos hace como ningún otro la pregunta más bien retórica de qué es pornografía. Si carece de gracia, una foto de sexo explícito es basura, es decir porno. Si el entorno se alimenta con algo relevante ―una sombra, un objeto anacrónico, un rictus―, entonces es arte. ¿Será todo tan evidente? Negativo. De ser así, la clase espectadora no tendría motivos para el veto y la excomunión.

MAPPLETHORPE VISTE DE CUERO

Robert Mapplethorpe, que murió temprano (tenía 42 años), se centró en el macho de la especie. Grandes formatos en blanco y negro, hombres como el Aquiles de Konchalovsky, rubios y también afroamericanos; es decir negros, dicho con satisfacción. Fue el fotógrafo oficial de un club de sexo, el famoso Mineshaft, cuyos miembros vestían de cuero lustroso, y se entretenían con prácticas de sumisión y bondage. Realizó retratos de famosos como Andy Warhol, a quien admiraba y de Patti Smith, La Madrina del Punk, con quien salió por un tiempo.

Llegó a decir que no le gustaba la fotografía en abstracto, sino ya el objeto en sí, la cartulina en la mano. Tal vez fuera una pose, un fingido desdén por la técnica, que él dominó, si no a su antojo, por lo menos con un gran estilo. Mapplethorpe sabía que incluso el instante irrepetible de una toma es una piedra en bruto. Lo que sale de un cuarto oscuro son los ángeles o los demonios del artista.

Lo censuraron, lo difamaron, dijeron que le estaba merecido el sida, que al final lo asesinó. Pero dotó a la fotografía de otro tipo de responsabilidad. La belleza no es sólo la armonía, no puede ser la quietud y poco más. Robert Maplethorpe, que hoy hubiera cumplido 77 años, ganó para el arte, que tanto se enorgullece de la luz, los territorios de la sombra.

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