De Solzhenitsin a Mafouz: el Nobel

Los premios Nobel ―al menos en el apartado de Literatura― nunca han rehuido la polémica. Se podría confeccionar un listado de grandes autores agraviados por la Academia Sueca, al negarles los méritos que sus obras conquistaron para ellos. Digamos Liev Nicoláevich Tolstói. Digamos Jorge Luis Borges. Pero los suecos a menudo aciertan y dan visibilidad a creadores de indiscutible relevancia. Cuyas obras de por sí se nos ofrecen como patrimonio de la cultura humana. Digamos Naguib Mafouz. Digamos Alexander Solzhenitsin.

La asociación de estos narradores ―uno egipcio, ruso el otro― podría parecer forzada, excepto por un detalle. Ambos nacieron el 11 de diciembre, Mafouz en 1911 y Solzhenitsin en 1918. El ruso llegó antes a la meta situada en Estocolmo, al ser el elegido del año 1970, mientras que el faraón arribaba en 1988.

SOLZHENITSIN DENUNCIA; MAFOUZ FABULA

No hay parecidos notables entre sus poéticas. Solzhenitsin hace una literatura testimonial, que trata de explicarnos las raras lógicas del totalitarismo, el cual, en busca de la felicidad de los humildes, se desbarranca en la opresión. Su libro más conocido es Archipiélago Gulag, donde pone al descubierto los campos de trabajos forzados en la Unión Soviética. Una reflexión filosófico-cultural sobre el régimen comunista y su necesidad de venganza y de control, se imbrica de modo natural con los testimonios de las víctimas de los campos.

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El egipcio Mafouz, por su parte, es más bien un cronista, lo que significa, entre otras cosas, que su tempo narrativo es más pausado y menos angustioso. En su “Trilogía de El Cairo”, formada por las novelas Entre dos PalaciosPalacio del deseo y La Azucarera subyace una pesquisa, irónica y cáustica al mismo tiempo, de la sociedad y la política de Egipto, luego del derrocamiento de la monarquía, a mediados del siglo XX.

Solzhenitsin denuncia; Mafouz fabula y ambos tienen razón. No en aras de una ―para el caso― superflua variedad de estilos. Sino como demostración de que el estilo es muchas veces forzado por las circunstancias. La Unión Soviética de 1930 parece más diabólica que el Egipto posterior a 1952. Pero una y el otro instigarían a escribir a sus pensadores, y eso no carece de sentido humano y, resumiendo, cultural. Para saberlo a fondo hay una opción simple: leamos a Alexander Solzhenitsin. Leamos a Naguib Mafouz.

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