La banalización de El grito

Lo malo del arte verdadero es que nos encuentra, donde quiera que nos metamos. No valen camuflajes, bunkers emocionales, ni millas de por medio. El tiempo que el ser humano se ha concedido para reflexionar sobre la muerte es la fuente de casi todo el arte. Está dicho a lo tremendo, pero no es menos cierto. Obsérvese El grito, que el noruego Edvard Munch pintó poco antes de que acaeciera el siglo XX.

Munch nació el 12 de diciembre de 1863, solo 10 años después que Van Gogh y, como el neerlandés, renunció a copiar los objetos, tal y como los percibía el ojo. Al contrario, los copió tal y como los percibía el miedo. Dejarse seducir por lo sombrío no tiene nada de macabro. Es una opción que a veces simplemente carece de alternativas. La vida fue preparando a Munch para El grito, desde la infancia. Huérfano de madre, vio partir además a dos hermanas: una hacia la nada; la otra al manicomio. El padre, trastornado por la religión, lo educó en la culpa.

LA META ES EL GRITO

Según Jorge Luis Borges, nuestra meta es el olvido. Para Edvard Munch la meta fue El grito. En su diario ―exagerando posiblemente― relata un paseo con dos amigos, al atardecer. El cielo comenzó a teñirse de rojo, como bañado en sangre; Munch temió perder el equilibrio y caer en un abismo que solo estaba en su mente. Se inclinó sobre una baranda, bajo un ataque de pánico. Creía que el mundo se había puesto a gritar. Lo único que hizo después fue pintar su propia ansiedad.

Cream Art. Lee Kang Bin

El destino de su cuadro, que en realidad fue pintado cuatro veces, no es menos trágico. Al ser expuesto en 1893 causó asombro, rechazo y alarma. Las embarazadas que lo vieran corrían el riesgo de abortar, dijeron. Era tal la angustia que habitaba las gruesas líneas de su composición, que ponía en entredicho toda búsqueda humana de la prosperidad, dijeron. En los Estados Unidos, casi noventa años después, Andy Warhol realizaría reproducciones en serie de El grito, como si buscara conjurar su influencia maldita.

Munch en 1926

Magia contra magia: el hecho de reproducir con liviandad y alevosía el cuadro más famoso de Edvard Munch, no es simple marketing de galerías y museos. Banalizándolo ―como hacen con Guernica― se anula no solo su valor como icono de la cultura, sino la propensión del arte al escrutinio del dolor humano. Lo hacen quienes temen que los cuadros se vuelvan ídolos, y adorar ídolos, como se sabe, es un pecado.     

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