Max Brod contra sí mismo

Un gesto para con su gran amigo tuvo Max Brod, y por él se le recuerda. Después ocurrió un imprevisto y ese gesto le pasó factura. Max Brod fue el encargado por la providencia de engañar a Franz Fafka, al entregar a la opinión pública los manuscritos que el genio le pidió entregar al fuego. Nadie por entonces hubiera dado una buena suma por los garabatos inéditos de Kafka, pero Max Brod era editor y algo se olía. Más sabe el diablo por viejo que por demonio y demonios era lo que sobraba en los dichosos manuscritos.

Pero el caso es que Max Brod, nacido en Praga el 27 de mayo de 1884 y muerto en Tel-Aviv el 20 de diciembre de 1968, era ya en la primera década del siglo XX un notable escritor. Novelista, crítico de arte, músico, poeta, dramaturgo, compositor y traductor, se vería ensombrecido por el fantasma de su mítico amigo. Era un alma noble, qué duda cabe. ¿Pero era consciente de que se aprestaba a una inmolación? ¿Habría proseguido con la publicación de los libros inéditos de Kafka, de tener el don de la profecía? ¿Alguien recuerda hoy la obra literaria de Max Brod? ¿Habrá quien lo siga leyendo? Son preguntas ruines, pero de cualquier modo vigentes.

MAX BROD NAUFRAGA EN KAFKA

 Recuérdese que Franz Kafka (1883-1924) llegó a ver publicada la mayor parte de su obra narrativa, incluidas La metamorfosis, también traducida como La transformación (1915) y En la colonia penitenciaria (1919). Solo que los libros que dejó al ser llevado al otro mundo, esto es El proceso (publicado por Brod en 1925); El castillo (1926) y ​ América o El desaparecido (1927) bastarían para indicar un giro abrupto en la historia de la literatura universal. Y este es el problema, no para nosotros, lectores, sino para Max Brod.

Franz Kafka

 ¿Se consideraba Brod al mismo nivel creativo que Kafka? ¿Veía a su amigo enfermo como a un colega en las letras? ¿Le reconocía superioridad o dio a la luz pública sus inéditos por simple conmiseración? Hay sensaciones engañosas, ya se sabe, aunque, teniendo en cuenta que Max Brod era también editor, quizás se deba admitir que obró con conocimiento de causa. Más difícil es suponer que Brod iluminó el futuro al punto de adivinar que su amigo alcanzaría la condición canónica en menos de cincuenta años.

Sea como sea, hay una evidencia: hoy nadie lee a Max Brod, porque ni siquiera se sospecha que haya sido un escribidor pasable. Prueba de que el destino es una cuerda floja y, para ser consecuente con los absurdos de Franz Kafka, seguro que está tendida a ras del suelo.

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