Cine de culto: ¿películas bajo sospecha?

¿Cuántas veces has escuchado la frase? ¿Te has detenido a pensar en ella? ¿Te has hecho tu propia idea sobre el cine de culto? Como todo concepto, este trae en sí los gérmenes de su refutación, pero de cualquier manera tiene características convincentes. De momento sigamos con las preguntas. El cine de culto, ¿es una suerte de gama alta del cine? ¿Sus consumidores son solo tipos raros? ¿Se tienen a sí mismos por elegidos? ¿Son una secta de adoradores? ¿Quién, si lo pidiéramos, nos pudiera acreditar como miembros plenos?

Otras opiniones indican que el cine de culto es una reacción al rechazo o la incomprensión que a lo largo de casi siglo y medio han padecido algunas películas. Debido a la soberbia de sus realizadores, que filman para un público inexistente. O sea, que no prefiguran a la masa. Que endiosan lo complejo. Que desprecian la convención; el pacto audiovisual entre el director y la gente común. Así: cine de culto=élite espectadora.

Con un poco de voluntad, todas esas razones pudieran ser respondidas desde un lado afable. Aunque no todas las películas que tratan de apartarse de lo convencional pueden ser catalogadas como de culto. Pero es innegable que aquellas que sí lo son, poseen más virtudes que defectos. El cine de culto puede parecer un concepto arrogante, pero surge luego de que, en efecto, se ha demostrado que algunos trabajos causan devoción entre un grupo significativo de espectadores. No por su rareza, sino por su originalidad. Por la fuerte personalidad de sus realizadores, quienes se arriesgan a perder dinero con tal de exponer ideas.

EL CINE DE CULTO NO DISCRIMINA

Hay al menos una diferencia entre el cine de culto y el cine de autor. El de autor está marcado por el estilo, es reconocible al primer vistazo, pero puede ser aceptado de golpe por el gran público. Un autor determinado, digamos Akira Kurosawa, siendo popular, pudiera filmar una película que con el tiempo pase a ser considerada de culto. Por eso el cine de culto no tiene como centro a los directores, sino a determinadas películas que aparentan ser raras, polémicas, complejas en la fotografía o el montaje. Y que un grupo nada despreciable de gente un buen día comienza a considerar especiales, únicas.

Te propongo algunos ejemplos, a condición de que los busques e intentes disfrutarlos. ¿Estamos de acuerdo? Aquí van. El acorazado Potemkim, de Serguéi EisensteinFreaks, de Tod Browning. Los ojos sin rostro, de Georges Franju. Breathless, de Jean-Luc Godard. El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais. Stalker, de Andréi Tarkovsky. Las Armonías de Werckmeister, de Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. La naranja mecánica, de Stanley Kubrick. Pulp Fiction, de Quentin Tarantino. Requiem for a Dream, de Darren Aronofsky.

La lista es inmensa, no creas. Así que estas son apenas sugerencias. Un aviso de que el cine no tiene por qué repetir patrones, en busca de popularidad y, por descontado, de taquilla. Que lo de la taquilla no es un pecado. Pero, a fin de cuentas, desde el momento en que alguien ordena enfocar una cámara, empieza a dar señales de lo que entiende por arte. Y uno podrá ver si se trata de Ang Lee o de Greta Gerwig.

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