Unos resultaron más magníficos que otros, pero ese es un detalle menor. Como menor resultaba la pretensión de John Sturges, el director, al concebir un remake en clave de western del cásico de Akira Kurosawa, en clave samurái.  De hecho, lo acusaron de plagio, aunque extraoficialmente. Sturges debió responder que no era el primero, que Hollywood tenía en gran estima las versiones de obras exitosas, una práctica en la que acumulaba por igual éxitos y descalabros. Los siete magníficos es una producción de 1960, que sería a su vez versionada. Los siete samuráis, el original, es de 1954.

Después de quedar en shock frente a la película de Kurosawa, John Sturges dispuso de unos cinco años para meditar en el tono que insuflaría a su propia versión. Y decidió, seguramente, que la única salida descansaba en concebir una película ligera, sin drama, ya que el tono de comedia le proporcionaba varias vías de escape del ridículo. Apuesto a que lo consiguió. Sin éxito de crítica, Los siete magníficos es mencionada hoy por casi todo aquel que se precie de conocer el cine del oeste. Sturges exprime cada uno de los lugares comunes del género y da a su trabajo un acabado sin sorpresas.

NO TODOS SON MAGNÍFICOS

El protagonismo coral es algo casi imposible en el cine de ficción. El sentido común dicta que la balanza se vaya del lado de un actor o, quizás de un par de ellos ―El Gordo y el Flaco; Bonnie y Clyde; Francesca (Meryl Streep) y Robert Kincaid (Clint Eastwood) en Los puentes de Madison―. De modo que en Los siete magníficos no es extraño que la cámara prefiera a Chris Adams (Yul Brynner) y a Vin (Steve McQueen) y reparta el tiempo restante entre los otros cinco. Muy bien por Charles Bronson, quien acepta un papel menor, a pesar de que para 1960 ya tenía en su filmografía personal una veintena de trabajos.

Ustedes conocen el argumento. Una pacífica aldea mexicana que es extorsionada periódicamente por una tropa de bandoleros decide pedir ayuda a pistoleros profesionales. Estos, en número de siete, llegan para instruir a sus hombres en tácticas militares y organizar la defensa de la plaza. La interacción con los aldeanos, más allá de lo concerniente a la batalla, está bien dosificada. Uno de los magníficos se enamorará de una campesina. Otro traba amistad con tres muchachos cercanos a la adolescencia.

Esa relación es quizás la más rara y más metafórica de toda la película. Los tres chicos son una especie de ángeles, que le traen al pistolero la profecía de su propia muerte. En medio de una escaramuza, le prometen que, si es derribado por las balas, mantendrán de por vida flores frescas en su tumba. Uno tiene la impresión de que estos muchachos desean que el guerrero caiga cuanto antes, para tener ocasión de ejecutar la promesa. Y el pistolero cae, por supuesto. John Sturges sabía que un planteamiento tan chocante debe evolucionar según lo sugerido, dramatúrgicamente hablando. Sin embargo, la escena de los muchachos plantando, efectivamente, las flores en la tierra bajo la cual se descompone la antigua valentía del pistolero, resulta más bien pueril, si no ridícula.

John Sturges

El problema del bien y el mal está planteado en Los siete magníficos en tonos bucólicos. Ese detalle, desvelado desde un inicio, nos aconseja no tomarnos las cosas demasiado seriamente. Se trata de una película para un domingo por la tarde, lo cual no es poca cosa. Con una música que, dosificada a lo largo de los 128 minutos de metraje, parece un desperdicio.

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