¿Una imagen o mil palabras?

Los llamados aforismos, o sentencias o axiomas, son frases que, proviniendo muchas veces de grandes pensadores, pueden servir de modelo para entender fenómenos de la vida práctica o del espíritu. Patria es Humanidad, dice José Martí y esas palabras nos aclaran de golpe la obligación de cada uno para con el mundo. O tal vez que el bien (o el mal) que se haga en un punto exacto del planeta pudiera repercutir en todos los demás. El pensamiento muere en la boca, asevera Nicanor Parra y su precepto, con una dosis de misterio, sugiere posiblemente que en la lengua hay un punto de no retorno cuyos efectos mejor se meditan con antelación.

Otras frases, sin embargo, suelen esgrimirse de manera automática, dando por hecho que entramos en una zona de prestigio intelectual que, a decir verdad, no tiene por qué resultar verdadero.  O si no, ¿por qué se repite, con más frecuencia de lo que la sagacidad intelectual aconseja, que una imagen vale más que mil palabras? Es, por supuesto, una referencia a productos audiovisuales o simplemente a la fotografía. Apela al efecto de conmoción, sea cual sea el matiz, que una imagen con intencionalidad puede causar.

Aclaremos de inmediato que son en todos los casos imágenes gráficas, o plásticas si se trata de la pintura, pero quienes siguen al pie de la letra esa sentencia, caen en la trampa del lugar común. Se olvidan de especificar. Es cierto que no hay explicaciones que dar de un cuadro como El grito, del noruego Edvard Munch. Basta con mirarlo largamente y en silencio. Pero ¿qué harían los de sentido práctico con las mil y una palabras de Hamlet, la suprema tragedia de William Shakespeare?

PALABRAS COMO IMÁGENES

La preponderancia de un género o de un recurso sobre otros resulta casi siempre relativa. Las imágenes gráficas poseen una indudable contundencia en los campos del testimonio periodístico y las diligencias civiles. Mas no hay ni tiene por qué existir una imagen gráfica que valga más que un solo verso —digamos— de José María Heredia. De hecho, ninguna de las imágenes, filmada o estática de las conocidas cataratas del Niágara deroga la entrañable oda que el cubano dedicara a ese accidente natural.

Sereno corres, majestuoso, y luego
en ásperos peñascos quebrantado,
te abalanzas violento, arrebatado,
como el destino irresistible y ciego.

El poema, enfocado en la grandeza arrasadora del salto de agua, es capaz de invocar a un tiempo la admiración, el amor, el espanto, la angustia ante la creación o ante la vida, y el remordimiento por una patria lejana. Las palabras y la imagen no pueden ser opuestos, más que para los mediocres sentenciosos.

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