Dos de los grandes del llamado Boom latinoamericano ―el apogeo de la narrativa de aquellas tierras entrañables en la década de 1960― han anunciado nuevos libros. Ambos fueron coronados con el premio Nobel. Uno de ellos hizo el anuncio desde el reino de este mundo ―¡Y que en él prosiga!―. El otro desde la eternidad y por medio de agentes un poco díscolos. El primero es Mario Vargas Llosa; el segundo, Gabriel García Márquez.

La novela de Vargas Llosa, titulada Le dedico mi silencio, está ya en librerías. Es, según el propio autor, el cierre en vida y en lucidez de su importante obra narrativa. La de García Márquez se espera para la primavera de 2024, pero vendría con un hándicap: el autor, fallecido en 2014, habría desestimado su publicación. El hecho no es lo que se dice raro. Las valoraciones de un artista sobre su propia creación podrán ser muy subjetivas, pero no carecen de raciocinio. La opinión de García Márquez en este caso fue siempre negativa; consideraba la que ahora será su novela póstuma una obra menor.
GARCÍA MÁRQUEZ LEE A KAFKA
El gran paradigma de la desobediencia de los herederos o los albaceas literarios es la obra de Franz Kafka. Es harto sabido en las sabanas de la literatura que Kafka, poco antes de morir, pidió a su amigo Max Brod que destruyera todos sus manuscritos, pero Brod “lo traicionó”. Kafka no era un autor inédito. Había publicado, entre otros trabajos La metamorfosis, pero entre los libros que pidió a Brod convertir en cenizas estaba nada menos que El proceso. Max Brod salvó buena parte de una literatura que a la luz actual parece ineludible, el centro de un sistema solar donde orbita lo difícil de la existencia.

Pero, ¿estarán convencidos los herederos de Gabriel García Márquez de que la Humanidad necesita la última novela del Gabo? Hay indicios de que no. Hace pocos días, en una intervención virtual en el festival Kosmopolis, de Barcelona, Salman Rushdie, el autor de Los versos satánicos, lamentó la decisión. Si el móvil de esta crónica de otra muerte anunciada no es la calidad literaria, no queda más que interpretar el paso que darán los herederos como una operación financiera.

Según trascendidos de prensa, la novela en cuestión, titulada “En agosto nos vemos”, fue escrita mientras García Márquez padecía de trastornos mentales. Salman Rushdie temería, de tal modo, que su previsible incoherencia no llegue a cristalizar en el absurdo que ha hecho esencial la obra de Franz Kafka, el checo que describe en alemán los focos de perversidad de la prole humana.