La gran diferencia entre Walt Disney y otros dibujantes está en que Disney aprendió a dibujar casi en paralelo con el nacimiento del cine. Se encontraba, además ―dicho con una frase cínica donde las haya― en el lugar adecuado. Porque, si bien el cine es un invento francés y tiene en Europa pioneros ilustres como Serguéi Eisenstein o Fritz Lang, fueron los Estados Unidos los que fomentaron a lo grande la industria. De modo que era casi imposible que Disney permaneciera en el ámbito de los tebeos y la ilustración subordinada. Sus figuras tendrían la capacidad de trasladarse y hasta de hablar, cómo no.

Walt Disney nació en Chicago el 5 de diciembre de 1901 y, salvo un debut como ilustrador comercial antes de cumplir 20 años, todo lo demás lo dedicó a la animación. Un raro caso de talento para el arte, la ciencia y los negocios. La ciencia ―y que no se ofendan los físicos nucleares― aplicada al movimiento de muñecos de tinta y a la sincronización del sonido. De acuerdo, si se ofenden los científicos, rebajamos las hazañas de Walt Disney a la ingeniería, pero el caso es que en el cine de animación, sentó casi todos los precedentes.
WALT DISNEY EN SU SALSA
Hacia 1928 Disney trajo al mundo a una de las figuras inmortales de la cultura pop estadounidense: Micky Mouse. Todos los dibujos animados que produjeron sus estudios hasta 1937 eran de escaso metraje, pero sus miras estaban puestas en el desarrollo. A finales de 1937 Walt Disney estrenó Blancanieves y los siete enanitos, una película “de muñequitos” de 1 hora y 23 minutos. No ostenta el récord absoluto en largometrajes de animación, pues ya en Argentina y en Italia se le habían adelantado sendos creadores, pero el de Disney es el primero con sonido y en colores, eso sí.

Para que en el mundo Disney no todo fuera, literalmente, color de rosa, algunos críticos observaron con el tiempo una tendencia a lo sublime que podría resultar engañadora. Walt Disney ―su filosofía o sus herederos― apartaban a los niños de la vida real, simplificando nociones como el bien, el mal, las diferencias de clase o la enfermedad. Puede que sea cierto, pero lo es además que el gran Walt Disney ―tan lúcido en el arte cinematográfico como para el fomento del patrimonio― sentó las bases de un paradigma difícil de ignorar.

Es posible que el emporio actual conocido como El Mundo Disney sea tan bestial como para devorar a su padre, una interpretación en reversa del mito de Saturno. Es posible que a algunos el mundo fantástico que proponen sus parques y todo su andamiaje les resulte más bien plastificado. Pero el talento y la gracia de su fundador siguen dando señales de una originalidad insuperable.