Lógicamente, en el medievo no podían disponer de las misma facilidades de las que disfrutamos hoy en día para mantenerse limpios y aseados. Ahora, disfrutamos de agua corriente en casa, un inodoro, una bañera o ducha en la que sumergirnos cuando lo necesitemos, cepillos de dientes y multitud de jabones de diferentes tipos para sentirnos limpios y perfumados. Es cierto que disponemos de todo eso, pero no hay más que hacerse unos viajecitos en el transporte público para darse cuenta de que hay quién no hace uso de dichas comodidades.
En la época medieval se preocupaban más de la higiene personal de lo que pensamos. No era fácil tener agua disponible en las casas cuando se desease a no ser que se dispusiera de un pozo. Si no era así, era necesario acudir a ríos, manantiales o a las fuentes públicas más cercanas. Algunos castillos y abadías sí disfrutaban de cisternas, muchas de las cuales se llenaban con el agua de lluvia o las filtraciones del suelo. Los más afortunados poseía un tanque de sedimentación, el cual garantizaba una mayor limpieza del agua.
El aseo personal en el Medievo
En aquellos tiempos estaba muy interiorizada la idea de lavarse muy bien las manos antes de comer, ya que el uso de cubiertos no era un hábito aún demasiado extendido. Tampoco se olvidaban de limpiar sus dientes, para lo que utilizaban ramitas o trozos de lana, e incluso masticaban raíces como la del regaliz. Además, también tenían dentífricos, los cuales se hacían a base de hierbas y piedra pómez.
En general, solían tomar un baño rápido en una palangana, con agua fría, bien temprano por la mañana o al llegar a casa tras una dura jornada de trabajo. El jabón no era un producto que estuviese a precios populares, así que cuando podían lo utilizaban y cuando no era posible se lavaban con ceniza, arcilla o hierbas. Para el cabello utilizaban una mezcla de cal y sal.

Los ciudadanos con una mayor posición social y los monjes eran los que disfrutaban de bañeras, y aún así, a los monjes no les era permitido asearse de esta forma más de dos o tres veces al año. Por lo tanto, o bien usaban la palangana o un pilas grandes comunes si el monasterio gozaba de ellas. El agua de estas pilas solía cambiarse una vez a la semana. Los ciudadanos adinerados, a veces viajaban con su propia bañera portátil y se les calentaba el agua cuando lo requerían.
También usaban perfumes
El uso de perfumes era frecuente entre aquellos que podían permitírselo. Los más populares eran los de lavanda, azahar o agua de rosas. Si la dama pretendía crear una sensación de mayor sensualidad, utilizaba unas gotitas de aceite de almizcle.
Los retretes acostumbraban a estar situados fuera de las viviendas. Algunos disponían del suyo propio y otros los compartían con los vecinos. En la mayoría de las ciudades se disponía de baños públicos para la población. A la hora de terminar de hacer sus necesidades, se limpiaban con un matojo de heno, hierba, paja o musgo. Imagino que te limpiaba reguleras y después se te quedaría el ojo que todo lo ve en carne viva.
Está claro que la limpieza en aquel periodo de la época no era la más deseable, pero lo que sí es cierto es que nuestros antepasados lo intentaban e hicieron lo mejor que pudieron a pesar de las circunstancias que pudieron llegar a vivir. Así que, la próxima vez que te cuenten lo guarros que eran en el Medievo, recuerda este artículo.
Fuentes: https://www.worldhistory.org/trans/es/1-17656/la-higiene-en-el-medioevo/

