En el otoño de 1977, Alemania Occidental vivió uno de los episodios más tensos, dramáticos y políticamente complejos de su historia reciente. Fue una época marcada por el miedo, la violencia y la confrontación entre el Estado y un grupo armado decidido a provocar el caos: la Fracción del Ejército Rojo (RAF). En el centro de este huracán estuvo Hanns Martin Schleyer, un poderoso empresario que terminó siendo el objetivo de un secuestro que horrorizaría al país entero.
¿Quién era Hanns Martin Schleyer y por qué lo secuestraron?
Schleyer no era cualquier ejecutivo. Era presidente de dos organizaciones clave para el empresariado alemán: la Confederación de Asociaciones Patronales y la Federación de la Industria Alemana. Su imagen estaba muy asociada al poder económico, al orden establecido y a una Alemania capitalista que venía creciendo rápidamente después de la Segunda Guerra Mundial.
Pero había algo más que lo hacía una figura especialmente polémica: su pasado. Durante el Tercer Reich, Schleyer fue miembro de las SS, una de las organizaciones más siniestras del aparato nazi. Aunque después de la guerra logró integrarse sin problemas en la nueva República Federal de Alemania, su pasado nunca desapareció del todo, y para ciertos sectores radicales, como la RAF, era el símbolo viviente de la continuidad entre el régimen nazi y el poder económico actual. Para ellos, Schleyer no era solo un empresario: era la personificación del enemigo.
La operación: cómo fue el secuestro
El 5 de septiembre de 1977, la RAF puso en marcha una operación perfectamente planeada. Schleyer viajaba en una caravana de vehículos blindados, como parte de su rutina diaria de seguridad. Pero en Colonia, en una calle estrecha y aparentemente tranquila, un coche bloqueó el paso. Era parte del plan: una trampa para hacer que se detuviera.
Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, varios atacantes armados salieron de los costados, disparando sin piedad. Mataron a su chofer y a tres policías escoltas. En medio del caos, Schleyer fue capturado y llevado en una furgoneta hacia un destino desconocido. Comenzaba así un secuestro que se extendería durante semanas y que mantendría al país en vilo.

La estrategia de la RAF
El objetivo de la RAF era claro: forzar al gobierno alemán a liberar a algunos de sus miembros más importantes, que estaban presos en una cárcel de alta seguridad en Stuttgart, entre ellos Andreas Baader, Gudrun Ensslin y Jan-Carl Raspe. Todos ellos formaban parte del núcleo fundacional del grupo y eran considerados líderes ideológicos y operativos.
La RAF creía que secuestrando a una figura como Schleyer, el gobierno cedería a sus demandas. Estaban convencidos de que el Estado se vería obligado a elegir entre salvar la vida de un hombre tan importante o mantener su política de no negociar con terroristas. Lo que no esperaban era la respuesta que recibirían.
Un gobierno firme, una sociedad dividida
El gobierno, liderado por el canciller Helmut Schmidt, tomó una decisión contundente: no habría negociaciones. La vida de Schleyer estaba en juego, pero la integridad del Estado de derecho y la autoridad del gobierno estaban en la balanza. Ceder ante el chantaje significaba abrir la puerta a futuros ataques y debilitar la confianza en las instituciones.
La sociedad alemana se dividió. Algunos entendían la posición del gobierno y creían que no se debía ceder ante el terrorismo. Otros, en cambio, criticaban la frialdad de la decisión, argumentando que se podía haber intentado alguna forma de acuerdo para salvar la vida del empresario. Las cartas, los mensajes y los comunicados se sucedían día tras día, mientras la tensión crecía y el paradero de Schleyer seguía siendo un misterio.

Un nuevo giro: el secuestro del avión de Lufthansa
Cuando parecía que la situación ya no podía complicarse más, ocurrió algo inesperado. El 13 de octubre de 1977, un grupo de militantes palestinos secuestró un avión de la aerolínea Lufthansa, el vuelo 181, con decenas de pasajeros a bordo. El comando, aliado de la RAF, exigía lo mismo: la liberación de los miembros encarcelados.
El avión pasó por varios países hasta que finalmente aterrizó en Mogadiscio, Somalia. Allí, la situación se tornó insostenible. Fue entonces cuando el gobierno alemán ordenó una operación militar. Una unidad de élite, el GSG 9, asaltó el avión el 18 de octubre y liberó a los rehenes en una maniobra rápida y precisa que fue considerada un éxito militar y logístico.
Una noche trágica en Stammheim
Ese mismo día, los líderes de la RAF encarcelados en la prisión de Stammheim fueron encontrados muertos. Baader murió de un disparo en la cabeza, Ensslin fue hallada ahorcada en su celda y Raspe también apareció con una herida mortal. La versión oficial fue que se trató de suicidios, pero hasta hoy hay quienes creen que fueron asesinatos encubiertos. La falta de transparencia y las circunstancias extrañas alimentaron teorías de todo tipo.

El asesinato de Schleyer
Al día siguiente, el 19 de octubre, la RAF anunció que había ejecutado a Schleyer. El cuerpo fue encontrado en el maletero de un coche abandonado en Francia, después de que los secuestradores enviaran las coordenadas al gobierno alemán. El episodio cerraba de forma brutal un capítulo oscuro de la historia de Alemania.
Las consecuencias: un país herido pero determinado
El secuestro y asesinato de Hanns Martin Schleyer marcó un antes y un después en la lucha contra el terrorismo en Alemania. El gobierno reforzó las leyes de seguridad, se crearon unidades especiales y se implementaron nuevas estrategias para prevenir ataques similares.
Pero más allá de las políticas, quedó una huella profunda en la sociedad. El miedo al terrorismo se convirtió en una constante, y la discusión sobre los límites del poder del Estado frente a la violencia extremista se volvió parte del debate público. También quedaron heridas abiertas, como la del hijo de Schleyer, que con el paso del tiempo se convirtió en una figura pública que defendía la memoria de su padre mientras cuestionaba algunos aspectos de la versión oficial.
Así se conoció este periodo: el “Otoño Alemán”. Fueron semanas de angustia, tensión y decisiones difíciles. La historia de Schleyer no es solo la de un secuestro. Es la historia de un país enfrentado a sus propios fantasmas, obligado a mirarse en el espejo y preguntarse hasta dónde estaba dispuesto a llegar para defender su democracia. Un capítulo doloroso, pero clave, para entender la Alemania moderna.
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