Al principio de los tiempos cuando las tinieblas reinaban en el mundo, los humanos suplicaron a Ama-Lurra que les ayudara contra los espíritus y númenes que les acechaban. Escuchando sus súplicas dio vida a una hija: Ilargi (la Luna).
Los humanos agradecieron su tenue luz. Unos días lucía espléndida en un círculo luminoso, para en días posteriores ir perdiendo partes de su luz blanquecina hasta quedarse completamente oscura; esos días la oscuridad era total y no se veía nada a no ser que el cielo estuviese limpio de nubes, cosa poco frecuente.

Días después la luna volvía a surgir en una línea circular que crecía hasta volver a cerrarse completando la esfera. Pero no era suficiente para luchar contra el mal, entonces los humanos pidieron a Ama-Lurra que les otorgara algo que tuviera más luz, y ella creó a su otra hija: Eguzki (Sol), de esta forma nació el día dividido en una parte de luz diurna y otra de luz nocturna. (Eguzki y luna en la mitología vasca ambas son de género femenino e hijas de la diosa Ama-Lurra).
Pero cuando Eguzki se sumergía en los confines de la tierra en Itsasgorrieta, (mares bermejos), siguiendo su curso por el mundo subterráneo, surgía la noche. Noches que se alternaban entre luna creciente, luna llena, luna menguante y luna nueva, y el mal seguía acechando a los humanos, sobre todo en las más oscuras noches, las de luna nueva.
Los humanos le pidieron a Ama-Lurra que les diera algo para luchar contra el mal sobre todo durante las noches sin luna y la Diosa sembró una semilla de la que nació un cardo silvestre: Eguzkilore (la Flor del Sol). Ama-Lurra les dijo que la pusieran en la puerta de sus casas para engañar a númenes como Gaueko, y otros espíritus del mal, haciéndoles creer que era de día, lo que les alejaría de sus moradas.

Gaueko: el más maléfico de los genios vascos de la noche.


Ya desde los tiempos en los que los grandes hielos bajaban por las laderas de las montañas hasta las inmediaciones de los caseríos y cercados de los ganados; cuando el frío nocturno era muy helador y la oscura noche cegadora, ya entonces, como ahora, quienes no eran precavidos y no se refugiaban tras la protección del Eguzkilore dentro de la seguridad del hogar, se exponían a ser secuestrados por el peor de los genios nocturnos: Gaueko.
Una tarde de otoño, se hizo de noche como sólo lo hace en tierras montañosas, dejándose caer el sol tras el abrupto bosque y la noche sorprendió a los hermanos Amaya y Erramun que regresaban de ir a por helechos para hacer la cama al ganado.
— ¡El cielo se está cubriendo de nubes y pronto se ocultará la luna!
— Aún no se puso del todo el sol… ¡Me haces daño! No corras tanto…
Erramun arrastraba a su hermana, el miedo le hacía tirar fuertemente de su pequeña mano. Se giraba continuamente a mirar a su espalda, alerta.
Corrían bajo la esquiva luz lunar por el camino que discurría junto al hayedo: centenares de grandes monstruos de anchos troncos y altas ramas que se alzaban hacia la oscuridad. Todas las sombras eran amenazas, cada ruido extraño una razón para apresurar más el paso.

Gaueko: el más maléfico de los genios vascos de la noche.


La luna se ocultó completamente tras las oscuras nubes. Una oscuridad total ocultó el camino que seguían, y ni sus propios pies se veían. La pequeña tropezó deshaciéndose de la mano del muchacho. Él continuó corriendo convencido de que ella le seguía. A los pocos metros, al percatarse de que no se oían más pasos que los suyos, aminoró la carrera, y volvió la cabeza sabiendo de antemano que su hermana no le seguía.
Aterrorizado escudriñó en la oscuridad buscándola, apretó fuerte la boca concentrándose en escuchar en el angustioso silencio y forzó la vista más allá de lo que las tinieblas dejaban ver. Un halo de claridad se filtró entre las nubes. Erramun cayó al suelo invadido por el pánico al ver como una siniestra figura se perdía a lo lejos iluminada por la luna que entre las nubes se asomaba.
— ¿¡Amaya, dónde estás!? ¡No tiene gracia!
Una ráfaga de aire le trajo una voz cavernosa que se oyó como el retumbar de un trueno:
— Gaua gauekoentzat eta eguna egunekoentzat! (¡La noche para Gaueko y el día para el día!)

Nunca más se supo de Amaya. Erramun, la buscó hasta el final de sus días; desde que la luna se ocultaba con la llegada del alba, hasta que asomaba al ocaso al final de cada día.
Los más ancianos decían que Gaueko la llevó a la morada de las sombras eternas, y allí la retuvo para siempre.

«Mitologika». Aritza Bergara

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