No era ni una niña, ni una mujer adulta, cuando ya tenía obligaciones en los quehaceres de casa. Nuestra casa no era muy espaciosa y solo tenía un dormitorio, que ocupaban mis padres. Mis hermanos y yo, dormíamos con los cabeceros en la pared derecha del hogar, con una ventana sobre mi cabeza.

A muy temprana hora, antes del amanecer, comenzaba mi día, cogía un mendrugo de pan de centeno y me encaminaba a la cuadra a ordeñar nuestras vacas acompañada por la luz de un farolillo. Un día más, como otro cualquiera, caminaba rauda y patiné en dos ocasiones sin llegar a caerme.  

Al entrar en la cuadra, las corrientes del aire que se colaban por las ranuras del viejo edificio de madera, me produjeron un escalofrío, intenté envolverme mejor en el manto y me apresuré en mi tarea. Tenía las manos congeladas, los dedos blancos, me costaba asir bien las tetillas de las vacas y alguna se enfadó por mi brusquedad queriendo patear mi cubo de madera y a mí, pero es que era tanta la urgencia que tenía de regresar al calor de la lumbre del hogar…

A mi regreso, hervimos la leche y desayunamos todos, sopas de pan negro en leche. Y cada cual se puso con su propia faena. Yo salí a por leña, ya había amanecido y la cencellada había convertido el paisaje en un blanco brillante. El día fue avanzando con la rutina habitual, hasta que oscureció y ya nos guarecimos en el interior de casa.

Ama remendaba calcetines, yo me puse a hilar lino en la rueca para seguir confeccionando mi ajuar. Fuera empezó a llover, un aguacero que humedecía el ambiente de dentro de casa y de nuestras ropas, por lo que el aita alimentó la lumbre con gruesos troncos, mientras mis dos hermanos arreglaban y afilaban los aparejos de trabajar la tierra.

Después de cenar, tras el agotador día de trabajo, caí rendida en mi catre, separada del de mis hermanos por una gruesa y vieja cortina, porque ya no era una chiquilla que pudiera compartir el espacio de dormir con los varones de la casa. 

Mis ojos se fueron cerrando mirando los dibujos de las llamas del hogar reflejadas en la desconchada pared, y me quedé dormida escuchando la lluvia torrencial chocando contra la contraventana de madera sobre mí.

A mitad de la noche desperté angustiada, faltándome el aire, sintiendo que unas manos rodeaban mi cuello. Manos que se cerraban sobre mi garganta apretando con fuerza. Abrí los ojos con verdadero pavor y vi sobre mí a Inguma. Las fuerzas me abandonaban poco a poco, pero aún pude meter mis dedos por debajo de sus manos y coger aliento para con un ahogado grito pedir ayuda a Gauargi, (Luz de Luna: genio luminosa y bienhechora nocturna, cazadora de genios maléficos de la noche). 

Inguma, al escuchar en mi boca el nombre de su mayor enemiga, me miró consternado y aflojó inconscientemente las manos, momento que aproveché para sentarme y llamar con fuertes alaridos a Gauergi. Inguma estrechó nuevamente con mirada desquiciada el lazo de sus manos en mi cuello. Apretó con más presión que antes en el mismo instante en que la contraventana se abrió de par en par y Gauargi, con su forma de luz de luna, entró en la alcoba y se abalanzó sobre el maléfico genio.

El malvado genio Inguma alzó la mirada, rugiendo aterrado, y me liberó para llevar las manos a sus ojos protegiéndose de aquella aparición luminosa. Se incorporó a varios palmos de mí, todo lo largo que era en posición horizontal y salió volando perdiéndose entre las copas de los árboles.

Gauergi, giró volando lentamente a mi alrededor. Subió por mis hombros hasta la altura de mis ojos, para volverse después hacia mi nuca y bajar por mi espalda; apareciendo sobre mi pecho, volviendo a subir hasta detenerse frente a mí y tras unos segundos detenida en el aire, salió por la ventana cerrando con un seco golpe las contraventanas.

Mis hermanos, haciendo a un lado la cortina, me miraban temblorosos, absolutamente aterrados. Yo tardé unos minutos en recuperar el aliento, no así la tranquilidad, porque el terror vivido permanecía muy dentro de mí. Encendí un candil, lo dejé cerca y me acosté en el catre con mis hermanos, entre ellos dos, los tres abrazados, temblorosos y con miedo a cerrar los ojos. Ninguno de los tres nos dormimos hasta poco antes de la hora de levantarnos para dar comienzo a un nuevo día.

Inguma, al acecho del aliento de los vivos
Gauargi se enfrenta a Inguma.

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