Teresa nació cinco años después de morir su abuela materna. Mía cuatro años más tarde, razón por lo que no la conocieron. Ángel, el hermano de Teresa, contaba año y medio cuando la abuela murió, por lo que no guarda ningún recuerdo de ella, más allá de las fotos en las que aparece en sus brazos. Quienes la conocieron siempre dijeron que los tres se le parecían mucho. Los tres habían salido a los Ascazubi.

Cuando Teresa contaba quince años, exhumaron a su abuela. Era un día soleado, de mediados de agosto. Lo recordaba porque días antes, el 3 de agosto, había muerto el abuelo. No lo enterraron en tierra, lo depositaron en un nicho, en el primer bloque de nichos entrando al cementerio; en la fila de abajo, el cuarto por la derecha. En un principio tapiaron el hueco con ladrillos, le dieron una capa de cemento y con un palito inscribieron sus iniciales y la fecha de defunción: 

E. B. G. 

(3-VIII-1987)

Teresa no recordaba si además de su madre, su hermano y ella, en tan sobrecogedor y emotivo acto, estaban sus dos tíos, los hermanos de su madre, pero cabe suponer que sí, indudablemente. Quien no estuvo fue Mía que solo contaba con once años. Sentadas en el suelo, con la espalda contra la pared, el sol otoñal de frente y dos tazas de café charlaban las primas sobre aquel momento.

La abuela estaba enterrada en tierra y una losa de mármol blanco cubría su lugar de sepultura. Puesto en vertical a la cabecera del sepulcro, una pieza de mármol rectangular culminada con una cruz y la imagen de la Virgen en el centro de esta. Letras negras labradas en el mármol decían así:

     “Aquí yace 

Clara Ascazubi Algorta

          31 – III – 1918 

           01 – II – 1967

              R.I.P.”

El día que la abuela fue inhumada llovía con la fuerza de un día de invierno habitual en estos lares. La madre de Teresa recordaba los días posteriores a su muerte, decía que lloraba pensando en su ataúd hundiéndose en la tierra o flotando en aguas subterráneas. En esa su última morada inundada. Llovió todo el mes de febrero y parte de marzo. Había noches en las que la madre de Teresa y Ángel soñaba que el agua entraba en el féretro y, el cuerpo sin vida de su madre flotaba golpeándose constantemente con los laterales. El camisón que fue su mortaja se adhería a su cuerpo sin vida, el pelo se abría como un abanico en derredor de su cara y la piel se desprendía.

El suelo de tierra, después de casi veinte años de lluvias, nieves y corrimientos de tierra, había desplazado los restos óseos a la derecha de su lugar de enterramiento, quedando debajo de la losa de un ser querido de otra familia.

Los empleados municipales cavaban con sumo cuidado. La madre de Teresa, se frotaba las manos nerviosa, tenía la incertidumbre de que la identidad de los huesos que iban apareciendo fuesen los de su madre. Sería terrible estar exhumando a otro difunto.

Estando en tan delicado y emotivo trabajo, los enterradores, afanados en su labor, dejaron al descubierto fibras de tejido de licra azul cielo y trozos de encaje, en los que la madre de Teresa y Ángel reconoció el camisón con el que ella misma vistió a la abuela para su último viaje. Al poco rato apareció un largo hueso: un fémur; la madre de Teresa confirmó que aquel hueso era indudablemente de su difunta madre.

—¿Qué se sentirá al ver a la madre de una convertida en restos óseos?—Preguntó Mía estremeciéndose.

Con mucha emoción, y con gran cuidado, se arrodillaron Teresa y su hermano, para ayudar a desenterrar a la abuela Clara, y se dispusieron a excavar con pequeñas azadas. 

Estando en ello, Teresa pegó en algo duro. Dejó a un lado la azada y continuó con las manos, su hermano se unió a ella y al poco tiempo dejaron al descubierto el cráneo de quien fue su abuela.

La exhumación de la abuela

Teresa lo cogió en la mano. Su madre la miraba llorando silenciosamente con gesto contenido. Ángel se incorporó mirando el cráneo con curiosidad y lo acarició con los dedos.

Teresa alzó la calavera a la altura de sus ojos y la miró atentamente. Con el paso de los años, el único indicio de que el cráneo había pertenecido a un ser que vivió, eran las finas líneas rojas que fueron pequeñas venas en los huecos donde estuvieron los globos oculares. A Teresa le sorprendió que su tacto no fuera frío. Abrazó el cráneo contra su pecho y lloró por quien había sido su abuela, aunque nunca la hubiese conocido, por eso mismo es que lloraba.

—¡Qué conmovedor!—Comentó Mía en un susurro, dejando la taza en el suelo y secándose las lágrimas.

El resto de huesos fueron desenterrados y depositados en una sábana blanca, con el que se hizo un hatillo fúnebre. Se retiraron unos ladrillos del nicho del abuelo, los justos para que cupiera el hatillo. Se depositó a los pies del ataúd del abuelo y se cerró el nicho para siempre con nuevos ladrillos.

La exhumación de la abuela

Desde entonces en un mármol negro, con letras metálicas inoxidables, se puede leer:

        “Aquí yace

     Esteban Burgoa Gómez 

            7 – VIII – 1908

            3 – VIII – 1987

Y los restos de su amada esposa

       Clara Ascazubi Algorta”

Tras aquella experiencia, a Teresa las calaveras le recuerdan que cualquier resto óseo una vez fue una persona que rio y lloró, que sintió y padeció. Aquella vivencia, le impide ver un esqueleto como un adorno macabro de una fiesta de Halloween. Para ella, son la representación ineludible de lo que un día será, seremos y le daba mucho respeto.

—¿Te impresionó ver los huesos sobre la sábana?

—No, solo me impresionó la calavera. Pensé si me parezco a ella mi calavera es como esta.

—La mía también lo será.—Pensó en voz alta Mía.

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