PARTE II Y FINAL
El soldado sano miraba al herido, que permanecía acostado y comenzaba a delirar. Se había dejado someter por una pesadilla donde se flotaba ininterrumpidamente, pero el único fin de la meditación era beber. Sabía que si se esforzaba un poco podría ingresar a una zona del sueño materializada a través de un agua en extremo clara, pero cualquier movimiento brusco lo lanzaría de forma vertiginosa hacia atrás, lejos del agua.

Al otro lado de la pesadilla sus lamentos eran débiles, entretejían frases de dudosa textura, aunque el soldado sano adivinaba que él clamaba por agua y lo tenía con la cabeza sobre sus piernas con el fin de suministrársela, poco a poco. El herido no bebía. Todo lo más, tomaba un sorbo finísimo, que mantenía en la boca hasta que se olvidaba de él, y como estaba de lado para proteger el brazo herido, el buche se le escurría hasta el pantalón de su amigo. Pero no se tranquilizaba. Seguía secreteando frases enigmáticas, palabras a medias que de algún modo tenían que ver con su miedo a morir de sed, y el soldado sano optó por llamar a los custodios de los carros vecinos para que localizaran al jefe.
El teniente venía desde los carros del fondo con una linterna que prendía solo a la hora de saltar entre las plataformas, y al llegar al pie del herido le incrustó la luz en el rostro, trató de levantarle la cabeza y le hurgó en los ojos cerrados para analizar por alguna causa las pupilas. Después le observó el brazo herido y le palpó la frente: «Resistirá, soldado —le dijo luego al otro—, solo trata de mantenerlo tranquilo hasta el amanecer».
El soldado sano le sonrió al teniente sin advertir que en medio estaba la noche, y volvió a acomodar al herido con el brazo hacia arriba y la boca próxima a la cantimplora. A cada rato le daba un trago, pero pasó un tiempo largo y él por fin entendió que así su amigo no se calmaría y entonces se le ocurrió darle de beber una fábula, aquella historia de su niñez sobre la cigüeña que había sido herida en una pata.
EL SOLDADO SANO RELATA UNA FÁBULA
Pasaron los días y a pesar del buen trabajo del médico, la cigüeña no sanaba. Le dolía tanto que temió morir y preguntó qué más se podía hacer en su caso. Al fin le explicaron que lo correcto no era remediar la pata, sino exorcizar el arma con que la habían herido, esto es, buscarla y someterla a la magia que neutralizara sus demonios. La cigüeña no contestó, pero enseguida quiso ponerse en camino en procura del arma.

Su pata era tan pesada que le impedía volar, mas ella se fue andando como pudo, de trecho en trecho y preguntando únicamente a su instinto de conservación. Así llegó a un valle húmedo y solemne donde estaban todas las armas del país, pero el lugar era custodiado por un chacal gordísimo. El chacal, que era telépata, enseguida le dijo: «Demuéstrame que no has venido por odio». «El odio ciega y yo estoy lúcida» le respondió la cigüeña, y como prueba de que había sido iluminada, fue capaz de identificar el arma justa entre todas las demás. «Demuéstrame que no odias esa arma», insistió el chacal gordo. «Sea», dijo la cigüeña y abrazó el arma. «Pero las armas no se abrazan. Nunca», ripostó el chacal y se le tiró a la otra pata.
La voz de un pájaro pasó veloz sobre el tren despacioso y el soldado sano volvió a animarse, miró a los cuatro lados en busca del alba que tanto llamara aquella noche. El carbón del horizonte comenzaba, en efecto, a volverse espuma y el soldado reparó en su amigo: «Aún no lo distingo, pero puedo sentirlo en calma, su respiración es buena», pensó y entonces se dio cuenta de que estaban entrando a la ciudad en la que harían un alto para el reabastecimiento. El día continuaba su despliegue y los soldados se paraban y comenzaban a estirarse, se mandaban saludos frugales de uno a otro carro, todavía no se desabrigaban.

El pueblo era huraño, sucio. El tren no tardó en recorrerlo a lo ancho e inició la parada a su costado, en un lugar sin estación marcado por un árbol y dos o tres casas empañadas como piedras antiguas. Unos nativos llegaban a merodear. No traían saludos. Venían con el paso y los gestos de los dueños. Una mujer, separada del grupo, se rascó la cabeza con desenvoltura y al ver la ambulancia hizo una mueca y mencionó a Dios. El soldado herido ya no dormía. Sonrió cuando lo colocaban sobre la camilla, pero después obligó a los cargadores a detenerse. Llamó al soldado sano y le dio unos papeles, un abrazo: «Este se salvará», musitó el teniente.
El soldado intacto se volvió y escaló la plataforma. Recostado a una estera del tanque, comenzó a indagar en los papeles de su amigo. Encontró una carta de Cuba y, por la fecha, el soldado notó que había tardado más de un mes. Después siguió buscando entre varias hojas dobladas con descuido y alcanzó a darse cuenta de que le simpatizaban aquellas cosas. Al ver la foto, asintió sonriente y terminó felicitándose, pues había tenido la lucidez suficiente para saber, incluso antes de someter a interrogatorio el gesto pálido de aquella mujer, que se trataba de la portuguesa.
Hacia los primeros carros, llamaban al desayuno.