En una escalera del metro de Madrid dos hombres se besan fervorosamente. Es de noche y mientras bajamos —ellos delante, yo detrás— permanecen abrazados. Los miro desde mi plano ventajoso (de momento soy dos escalones más alto), y mantengo una expresión de inconformidad que no pueden percibir. Tampoco es inservible mi expresión. La mantengo para atemperarme los ánimos y actuar en consecuencia. Abajo, antes de echar a andar hacia el andén, ellos me miran por turnos con gestos parecidos, de pura jactancia, como si dijeran: «Nos besamos y qué. Valga quien pueda besar, no quien quiera».

Por unos segundos juego a que me son indiferentes, pero no los pierdo de vista. Pasan delante de un banco, pero no toman asiento. Yo voy disfrazado de mujer. Al fondo de la estación, contra una pared recubierta de un plástico mostaza, se detienen y vuelven a besarse. La boca negra del túnel está a unos metros y nos baña a los tres con un vaho ligerísimo, de aire tibio. Comprenden que se aproxima el tren y se mezclan en un último beso, pero ahora parece que han perdido el interés en mí. Uno se ordena el cabello: lo usa hasta los hombros, con una raya al medio.
El otro sonríe y le pasa la mano por la cabeza, para terminar de arreglárselo. Él, en cambio, lleva un gorro de lana de color entero: un verde total, exceptuando la cruz blanca que exhibe al frente. Vuelve a arreglar el cabello de su amante. Lo hace de una manera singular, sin mirar al pelo, por lo que sé que se trata de un gesto de despedida. De modo que abro la puerta del vagón y entro sin volver la vista, pues no me hace falta esforzarme para adivinar que solo uno de los dos vendrá enseguida a sentarse cerca de mí.

Titubeo cuando el tren se pone en marcha y no lo distingo entre los pocos pasajeros que viajan de pie. ¿Habré calculado mal? ¿Habrán cambiado de idea? Me alivia descubrir unas piernas en el asiento de enfrente, pero no alzo la vista enseguida. ¿Será? ¿Cuál de los dos? Es el de la raya al medio, que ya me estaba observando antes de que yo lo descubriera. Se las arregla para clavarme la vista a intervalos, cuando se lo permite el balanceo de los pasajeros de pie, entre su asiento y el mío.
En la parada de Callao el vagón se despeja significativamente y veo un espacio libre a su lado. Me cambio de asiento. Llama la atención con sus ojeras violeta, como si hubiese sido golpeado en ambos ojos. Ese pormenor le otorga originalidad, lo vuelve más dúctil. En silencio, con sus ojeras y ese estar como a expensas de que le hable, no parece que hace unos minutos besaba a otro hombre. Levemente escorado contra su hombro, lo provoco:
—¿Qué mirabas con esa insistencia?
—Te miraba a ti —y sonríe a medias, mostrándome una seguridad que no puede sentir.
—¿Qué te parezco? —insisto.
—No me gustan las mujeres —presume—, ni las mujeres de verdad, ni las de mentira.
—No soy una mujer de verdad —digo.
—Lo sé —dice, pero aún se muestra superior.
—No soy una mujer de mentira —y ahora se sorprende sutilmente.
—Tú no sabes lo que eres, eso es lo que te pasa —dictamina.
—Me gusta humillarme un poco —le digo—, vestirme de mujer, correr algunos riesgos.
—Ah… —dice, pero no termina la frase para la que ha tomado impulso.
—Ah, ¿qué? —lo invito a seguir.
—Nada —y hace un gesto de parodia—, que aún no sabes manejar tu identidad.
«Identidad —mascullo—, la identidad es una jaula». Finge sopesar mi frase, pero no evita una entonación socarrona. Me pongo de pie. Camino hacia la puerta del vagón y espero unos segundos. Hay una curva y enseguida la estación: de nuevo el plástico mostaza y rojo, y la poca gente de la hora: cerca de las once. Busco la salida sin volverme. Así es mi juego: arriesgar lo que ya es seguro; arriesgar sin arriesgar. En los alrededores de la Gran Vía, atravesando una plazuela de losas irregulares, resbaladizas a causa de la llovizna, espero que se me acerque.
Taconeo mal, con miedo a un resbalón, componiendo un sobresalto baladí, que le dé veracidad al galimatías en que comienzo a envolverme. Cuento uno, dos, tres segundos: tiempo suficiente para que me alcance, para hacerme detener con una palabra, con un silbido.
Silba.
Aminoro.
Miro hacia atrás sin mirar del todo, enfoco más bien un trozo de la acera por la que ahora avanzo. Puede que ni él mismo supiera que iba a seguirme; yo lo sabía. Escucho su risa y me detengo. Me doy vuelta y lo veo, pero resulta ser el otro, el del gorro verde con la cruz. Es un gorro de lana gruesa y noto además que la cruz está perfectamente alineada con la nariz del muchacho. Sé que es un detalle sin importancia, pero siempre me he dejado impresionar por las simetrías.
Sin tiempo para más razonamientos, por casualidad, como quien dice, me doy cuenta de que debo esconder el asombro. Si me asombro, los pierdo a los dos.
Sonrío.
—¿Vamos? —dice.
—Vamos —convengo.

Andando en silencio por la acera mojada y estrecha, rozando a intervalos su brazo con el mío, admito que sabe manejar su identidad, según su propia frase. Y me gusta ese gorro que le cubre las orejas, porque con él así calado no es embarazoso obedecerlo. Estamos en Chueca, un barrio extrañamente dócil esta noche un poco fría, aunque sabemos que toda discreción bajo estos aleros es provisional. A mediación de una calle, me hala hacia una puerta que resulta la de un restaurante.
Por lo pequeño del sitio, nadie hubiera asegurado que lo punteaban tantas mesas, redondas todas, escatimando el espacio de la circulación, pero capaces de proporcionar algunos atractivos. Está lleno el lugar, y la tenue luz purpúrea, y la actitud de los comensales le dan a todo la apariencia de un sitio para asiduos. Seguimos hasta el fondo, donde nos aguarda una mesa pequeña, con tres sillas.

Viene a recibirnos una joven de rasgos asiáticos. Le calculo unos veinte años y me duele su robustez. Pero resulta simpática y nos asegura que está para servirnos, que, como bien sabemos, no hay en todo Madrid un lugar donde los clientes importen tanto. Más que un slogan obligado, aparenta una frase con algo de fervor. Le prometemos tenerlo en cuenta y hace todavía una reverencia para solicitar nuestros abrigos, pero le digo que está bien y dejo el mío sobre la silla sobrante. Al depositarlo veo a los cocineros tras un panel de cristal, a la vista de los parroquianos, como en una performance que de paso da fe de la pulcritud del negocio.
Él pide vino; yo, vodka.
—Todos saben que la vodka de este lugar no es buena —me dice—. La fabrican en Pontevedra para restaurantes pequeños como este.
—Vodka —reitero y la mesera me elogia.
—Ustedes como siempre —susurra.
Sin la chaqueta militar mi acompañante resulta de una delgadez que nadie le hubiese imputado. Se ha quedado en mangas de camisa, pero no se quita el gorro. Me agrada que no se lo quite, veo en ello un misterio adicional. Tiene además ojeras parecidas a las que me dejó ver su amante en el vagón del metro. «Será un rasgo de la estirpe», ironizo. Pero sé que un hombre con ojeras se dota de una fragilidad provocadora, si se me permite el retruécano.

Le observo después la piel blanca del cuello y no digo nada. No me pregunto qué le pareceré sin el sobretodo, con mi blusa transparente y el ajustador de relleno. Bebemos y él hace chasquear dos dedos en dirección a la moza, que permanece cerca. Se nos van algunos minutos negociando los platos debido al pésimo español de la asiática y a mi deplorable desenvolvimiento en los restaurantes.
—Siempre soy así —digo—, ordenar un alimento me da inseguridad.
—Ah —dice mi acompañante.
Resolvemos el asunto con dos raciones de mariscos y unas obleas con no sé qué a la indonesia. La camarera hace un gesto y se aparta, mientras yo cato con prudencia la salsa de las obleas. El muchacho sonríe y, antes de llevarse a la boca el tenedor, me pide que me abra un poco la blusa. Esperaba algo de eso, pero al ver que por fin se hace efectiva su maniobra, se me escapa un gesto de asombro y me vuelvo para mirar hacia las mesas vecinas. Está cada quien en su propia brega.
