Mi mujer manchada de rojo

PRIMERA PARTE

Era una Nikon pequeña, pero no muy barata. De rollo, así que quizás fuera de algún profesional. No sé cómo no la descubrieron antes, olvidada sobre la mesa del hall, entre dos butacones vacíos. Creo que nunca pensé en devolverla a la carpeta para que indagaran por su dueño. Antes bien, me dije sigiloso: «Tengo una Nikon, qué sorpresa», camuflándola entre mis cosas. ¿Le confesaría el hallazgo (o el robo) a mi mujer? Aún no lo sabía.

Aquel imprevisto había cambiado mi ánimo. Y mis planes. Volví a la habitación con un entusiasmo raro y le expliqué a mi mujer que no iría a la conferencia, que lo había pensado mejor. Y en efecto, no le hice saber de la cámara, la mantuve entre los papeles y el sweater, con cínico pudor. Comprendí, apenas salió ella oliendo a París, refunfuñando por tener que irse sola, que aquel arranque de hermetismo casi me obligaba a ocultársela definitivamente. Y se me ocurrió que la Nikon era una caja de Pandora, y yo debía abrirla, revelar cuadro a cuadro los monstruos olvidados por otro sobre la mesa del hall.

Mi mujer siempre olía a París. A la hora menos pensada y en cualquier parte. Pero se trataba de una coquetería profunda: sabía tener glamour. No es que desee retratarla, aunque hay detalles que nunca paso por alto. Por ejemplo, sus senos. Jamás he visto otros más frutales, más encendidos. De medianos hacia arriba, con pezones pulidos mientras permanecen relajados y una venita azul bordeando la aureola derecha. Habíamos viajado a Santa Clara por cosas de trabajo: estaríamos de conferencia en conferencia durante algunos días, y la mañana en que encontré la Nikon acabábamos de emerger de una discusión sin importancia.

Santa Clara es una ciudad sobre la marcha. Quiero decir que allí las cosas tienen un poco de todo: son a un tiempo agrarias y aristocráticas, armoniosas y caldeadas, sin gran definición. Una de aquellas tardes, después de la conferencia, llegamos al hotel, perseguidos por un cielo cerrado, a punto de deshacerse en agua. Era enero y aquella extraña amenaza de lluvia me tornaba supersticioso. Se lo dije a mi mujer: «¿Por qué esos nubarrones en pleno enero?», y ella elevó los hombros para marcar la indiferencia que le producían el agua y mi incomodidad.

Me sentí más molesto. Recuerdo que busqué unas palabras que la ofendieran sin exagerar. Me respondió desnudándose y marchando hacia el baño con la cabeza en alto. Creo que la ducha y el cielo se dispararon a una vez, o al menos esa es la imagen final en mi memoria, lo que resta después de los resúmenes a que el tiempo nos empuja (el tiempo, el menos compasivo de los poetas). Recuerdo, eso sí, que desde la cama entreveía a mi mujer con los brazos en alto y su figura tremolando tras la cortina empañada, y del otro lado el cristal de la ventana mordido por una lluvia rumorosa.

El agua a un lado y al otro me hizo estremecer.

Por fin salió ella y vino descalza, frotándose desorganizadamente. Me miró como si le molestara lo que iba a decirme: «¿Te gusto?»,murmuró entonces y se me echó encima.

A mi mujer la complace mi lengua, y es lo primero que exige. Me asusta imaginar que la reiteración la deje insensible, pero en eso no cede: la quiere allí, entre los muslos, siempre como obertura. Tiene una forma peculiar de enlazarme con las piernas y frotarse contra mi cara; mejor si estoy barbudo, afirma, para que el escozor la haga gritar. En realidad puedo estar lamiéndola treinta minutos, una hora, mientras el saurio se infla, se aplaca, vuelve a enfurecerse, y ella me insulta con orgullo.

Aquella tarde ocre, con la lluvia dejándose atacar por el sol nuevamente, no fue distinto. Hice mi trabajo con una aplicación que a ratos me sorprendía y a ratos me enervaba. La besé allá abajo como si la besara en la boca, respiré su resina, metí —a una orden suya— la nariz en su aposento, como una hoja de cuchillo, y agucé las orejas para oírla gritar.

Cuando terminamos me quedé dormido.

No me bañé ese día, no quise levantarme a cenar.

MI MUJER MANCHADA

Buscaría la manera de quedarme solo, de correr hasta el estudio más cercano y revelar el rollo que encerraba la Nikon. Pero no era fácil volver a separarme de mi mujer. Tantas vueltas le di al asunto que determiné ponerme lisonjero, halagarla más de lo corriente, decirle a la tarde próxima, por ejemplo, que enseguida regresaba, que fuera adelantando el baño, mientras yo corría a la esquina por un vinito del que carecía el hotel.

Me atreví.

La observé sonriéndome tras la cortina de la ducha y me dejé caer por las escaleras.

Yo había descubierto, en otras excursiones a Santa Clara, un estudio a unas cuadras del hotel. En una calle inundada por las bicicletas y el olor medieval del orine de caballo.

Me orienté.

Partí hacia el estudio con la Nikon en la mochila, pues extraer el rollo y dejarla en la habitación era tentar demasiado al peligro. Ahora la calle olía además a flores mustias. Casi llegaba cuando vi a un hombre que se me venía encima con los brazos abiertos. Me detuve confundido: mi mente no lo recordaba: «Coño, yo soy el potro», aseveró sin dejar de reír.

—El potro —rumié.

—El potro —confirmó—, allá en la escuela…

Ah, ya —mentí y esperé que agregara lo imprescindible y siguiera de largo, pero él no parecía estar apurado. Dijo:

—Hace dos días que me encuentro en la ciudad. ¿Y tú? No me digas que te has mudado para acá.

—No —musité.

—Es más, te invito a mi hotel —añadió, con un brazo sobre mi espalda.

No me pude negar. Me di la vuelta y lo acompañé casi por las mismas calles, pero a la inversa, y no quise asombrarme cuando vi que nos dirigíamos a mi hotel, que era el suyo. En una mesa del bar nos demoramos entre rones y una penumbra de humo que apenas nos dejaba vernos.

El potro se había situado en nuestros años de estudiantes, pero discurría entre nombres que yo no recordaba. Era como una sombra impostando escenarios igual de falsos.

—Y si también estás aquí —indagó—, ¿por qué no hemos tropezado ni en los pasillos, ni en el restaurante?

—Supongo que se deba a esas conferencias de las que soy esclavo y que no me dejan tiempo para disfrutar del hotel —anoté, medio en broma.

Después nos despedimos. Subí a la habitación con la cámara intocada en la mochila y cierta incomodidad provocándome. Mi mujer yacía, vestida ya para cenar. Me buscaron sus ojos agrandados por el enojo y me dio lástima, allí sobre la cama, con su vestido ceñido y las caderas de madona dándole más consistencia a la escena. Sonreí a manera de excusa, pero ella siguió inalcanzable; no preguntó ni por el vino que prometí: «Me encontré con un amigo», le dije a la pared, a la ciudad afuera, a nadie. Mi mujer seguía muda.

—Pero la verdad es que no me acuerdo de él —añadí con malicia, buscando capturar su atención. No me hizo caso—. Le dicen el potro; se lo dice él mismo —concluí.

Entonces cambió el modo de mirarme. Desechó la pose estricta, abrió la boca.

—Búscate un cuento mejor —aconsejó sonriendo y se levantó.

CONTINUARÁ

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