SEGUNDA PARTE Y FINAL

Han vuelto a esperar. Mantienen la expresión picassiana de los rostros manchados por la grasa y el cansancio, y a veces conversan, se confían un chiste, alguna calamidad familiar. En la parada todo tiende a cero, incluso el tiempo. La pareja de los abundantes besos da paseos ahora por toda la parada. Van y vuelven tomados por la cintura, se detienen un rato en el límite de la caseta y parecen mirar a lo lejos, donde hay una realidad que a todas luces ha decidido ponerlos en cuarentena. Reconocen los ecos expulsados por la ciudad y los oyen caer a sus pies como algo que no les pertenece, aunque no ignoran que vienen a ser una especie de símbolo de la vitalidad que, fuera de la parada, se niega a ser anulada o siquiera corregida.

No interesa en qué listado de metamorfosis se han visto inscritos esos ecos. No es preciso saber de qué lugar partieron ni en qué momento han empezado a contaminarse con las voces, los trinos, los pitos fabriles. Importa solo la manera en que hablan de movimiento, de viajar, aunque toda la energía se les vaya en el impulso. La pareja decide no seguir atisbando a lo lejos y a lo alto, donde el cielo se corona con un sol por primera vez cansino que comienza a regar sus colores con rayada indiferencia. Un sol como un cero grande, indiferente.

Caminan hacia el lado opuesto, donde el viejo como un menhir ha vuelto a pactar un mutismo distanciador. La mulata escotada, les hace una pregunta. El hombre intenta responderle, pero su mujer lo hace primero y la mulata muestra un interés carnal, encadena nuevos ademanes y nuevas interrogaciones, y el hombre decide separarse, visiblemente desinteresado. Se ha colocado hacia el fondo, cercano a un muro en el que cicatrizan múltiples inscripciones, y para darse tiempo se pone a leer. Después se le ocurre una forma de ahuyentar a la mulata y se vuelve hacia su mujer.

La llama y comienza a recitarle a voces las frases de su hallazgo y ella, de pronto interesada, le sugiere que se las lea todas. El hombre lee: «I love you, Gunivere«; «De cada cual, según su capacidad, a cada cual según su tamaño»; «Abajo las Penélopes sin causa». Entonces se detiene como si dudara, y le va pasando con dificultad las palabras de lo que le parece un verso en una lengua que no puede reconocer:

Non in tempore sed cum tempore

Deus creavit Caela el Terram.

—Tú nunca has sido bueno en francés —le grita la mujer.

—No… —duda el hombre.

—Son versos de uno de allá por Argelia —aclara el viejo desde su lugar—, le llaman San Agustín.

Hija del crepúsculo en la veleidosa parada, la mulata del profundo escote ha comenzado a evocar puntuales canciones sobre la soledad y la pequeñez. No es que las cante, está sencillamente examinando los textos en un susurro, a ver hasta dónde son dignos de representar su situación. Para ambientar el juego se le ocurre tomar en préstamo las expresiones de otros rostros igualmente desafortunados. Del recorrido visual por la parada extrae conclusiones que se representa a manera de una tenue litografía sobre algún tiempo que nunca ha sido. Un tiempo igual a cero.

A la luz que comienza a debatirse sobre el horizonte, en el que el espectro insiste con alternaciones del rojo, el violeta y el sepia, sospecha que el viejo silencioso está a punto de llevarse las manos a las sienes y proferir un grito de homenaje al mejor cuadro de Edvard Munch. Después la mulata razona que no solo del viejo, sino de cualquiera de los otros es difícil afirmar que espera ya algo, aunque todo es posible. Lo cierto es que el viejo, como los demás, permanece acoplado a su espacio en el banco, y da igual que el declive de las iluminaciones haya empezado a difuminarle el áspero perfil, la raya convexa de la boca.

Una leve aceleración de la brisa hace que la mulata se estremezca y se lleve las manos al pecho. Ve entonces a la pareja replegada en un rincón, sorbiendo cada cual por separado sus propias cavilaciones. No puede evitar preguntarse por qué ahora que la noche y la poca hospitalidad del lugar sugieren el apego o los abrazos, permanecen precisamente así, en poses que no convergen, salvo en su condición estática. Tendientes a cero.

Poco después la luna emprende la ruta hacia el centro del cielo. Como el sol de horas atrás, es un cero inmutable. De paso sobre la parada la luna logra encontrar un orificio en el techo y comienza a gotear por allí, esparciendo en bandas cónicas unas briznas de luz perladas por el neón de un reflejo en el piso. La mulata ve como se aproxima el hombre del sombrero gris, y sabe además que le está hablando, pero decide ignorar las trazaduras del discurso, porque es más acertado convenir en que se siente cansada. Está cansada y sola, pero no desea una compañía que, en las circunstancias por las que transita, le resultaría bien agónica. Prefiere gestionarse un lugar en la penumbra, un espacio para el anonimato, casi para el olvido.

Tan bien ha logrado internarse en sí misma, que no ve pocos minutos después la llegada del hombre de la gorra con bajorrelieve de palabras inglesas que hace un rato la agrediera, perturbado por el hálito de sus senos. El individuo trae ahora una botella, como se llevaría a un animal al que se quiere decapitar. Se escora hacia el lado de la calle, compulsado por un traspié que él cree disimular con decoro, y se queda mirando fijamente a la parada y a sus pobladores. Después se da un trago, y otro, y otro más.

—Parecen muñecos —se asombra.

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