Últimamente, escuchamos con frecuencia la palabra mitomanía en diferentes medios de comunicación y plataformas. Ciertos personajes populares y famosos están saliendo a la palestra por presuntas mentiras, constantes en el tiempo, que se van agrandando con más y más engaños creando una nebulosa de confusión a su alrededor.A menudo, a estos personajes se les define como mitómanos cuando en realidad pueden ser casos de pura maldad o manipulación. Según mi punto de vista, un mitómano no puede evitar mentir, sin embargo, un manipulador o alguien que ha normalizado la mentira lo hace por sistema sin necesidad de padecer el trastorno de la mitomanía.
Es importante no confundir un vulgar mentiroso con un mitómano. Para tener más claro de qué trata dicho trastorno, nada mejor que hablar con una profesional de la psicología. En esta ocasión, hemos tenido el placer de contar con la psicóloga sanitaria Stefany Estévez. Una excelente profesional que ejerce en Barcelona y que ha tenido la amabilidad de despejarnos algunas dudas e instruirnos sobre el tema.
«Normalmente alguien que padece mitomanía no disfruta las mentiras en el sentido de placer o la malicia, como podría hacerlo alguien manipulador o con rasgos psicopáticos»
¿Cuáles son los síntomas de la mitomanía que nos deben poner en alerta?
Una de las señales podría ser (y recalco la palabra «podría») que alguien relate demasiados hechos grandilocuentes y fantásticos juntos, o actitudes propias que lo dejen siempre como el salvador de los demás. Si un conocido nos cuenta que ha trabajado en secreto para el Gobierno, que es familiar de un cantante muy conocido y que tiene amistad con varias personas famosas sin que nunca le hayamos visto interactuar con ninguna, es probable que nos salte alguna alarma. Pero si, en cambio, no para de contarnos anécdotas sobre cómo ayuda a personas vulnerables de forma casual, quizá cuesta más detectarlo, porque nos genera admiración.
Con esto no me refiero a que, si alguien nos explica que ha vivido varias situaciones poco frecuentes, esté mintiendo necesariamente. De hecho, puede ser verdad, y a veces esos hechos están relacionados entre sí. Pero cuando aparecen otras señales, como contradicciones en sus relatos, exageraciones de vivencias que nosotros mismos hemos presenciado o malestar evidente cuando no es el centro de atención, entonces sí que las sospechas están más que fundadas.
¿Las personas que padecen mitomania disfrutan de las mentiras o sufre cuando las dice?
Normalmente alguien que padece mitomanía no disfruta las mentiras en el sentido de placer o la malicia, como podría hacerlo alguien manipulador o con rasgos psicopáticos. En realidad, suele haber un conflicto interior difícil de gestionar: esas personas mienten para conseguir afecto, reconocimiento o sentir que pertenecen a una comunidad, pero eso no significa que no sufran por hacerlo. De hecho, muchos mitómanos sienten culpa y vergüenza después de mentir, especialmente cuando tienen miedo de ser descubiertos o cuando sienten que están perdiendo el control de su propio discurso.
En ese sentido, la mentira se convierte en una especie de refugio disfuncional. Proporciona un alivio momentáneo, pero luego provoca sufrimiento. Es como una adicción: se repite el patrón, aunque se sepa que es dañino. Así que sí, detrás de la mitomanía suele haber sufrimiento emocional, aunque a veces la persona transmita una imagen muy segura de sí misma y de lo que cuenta.
«Las redes sociales y marketing personal premian la cultura del éxito rápido y fomentan el miedo al rechazo, lo cual genera que algunas personas maquillen su propia historia de forma reiterada»
¿La sociedad puede llegar a alentar la mitomanía?
Aunque la mitomanía suele estar relacionada con problemas emocionales profundos, el entorno social puede impulsar la mentira compulsiva. Las redes sociales y marketing personal premian la cultura del éxito rápido y fomentan el miedo al rechazo, lo cual genera que algunas personas maquillen su propia historia de forma reiterada. Cuando la mentira obtiene «likes», promociones o estatus, el refuerzo positivo se dispara. Además, tanto las redes como los medios priorizan lo espectacular por encima de lo verdadero, reforzando la idea de que la realidad quizás no baste para conseguir aceptación. Y la gran mayoría de nosotros estamos expuestos a este escaparate y a esas imágenes perfectas de vidas pulidas e idealizadas.
Nada de lo que acabo de comentar crea por sí solo la mitomanía, pero sí facilita que aparezca y pase desapercibida. Crea el caldo de cultivo perfecto para que alguien con propensión a la mitomanía vea reforzada la gratificación que le provocan sus mentiras, ya que estará recibiendo el afecto, la atención, el reconocimiento y la validación que tanto desea.

«Si alguien miente para alimentar una imagen idealizada de sí mismo, buscando admiración y evadiéndose de su realidad interna, podría estar mostrando rasgos narcisistas»
¿El mitómano suele ser también un narcisista?
Sí, el narcisismo y la mitomanía pueden ir de la mano. También es cierto que existe un tipo de mitomanía, llamada vanidosa, que a veces puede confundirse con el narcisismo. En la primera, la persona cuenta mentiras frecuentes cuya causa es una necesidad muy fuerte de ser aceptada o admirada, generalmente desde una autoestima baja. El afectado puede sentir culpa y suele tener cierto conocimiento de que está mintiendo.
En cambio, el narcisismo es un trastorno de personalidad más estructural, donde la persona tiene un concepto exagerado de sí misma, necesita admiración de forma constante y demuestra poca empatía. Es decir, el mitómano finge para sentirse querido, pero el narcisista cree que merece ser admirado por encima de los demás. Entonces, si alguien miente para alimentar una imagen idealizada de sí mismo, buscando admiración y evadiéndose de su realidad interna, podría estar mostrando rasgos narcisistas. Si, en cambio, sus embustes se deben a un deseo o necesidad muy fuerte de validación externa eso apuntaría más bien a mitomanía.
Ahora bien, una cosa no excluye a la otra. De hecho, en psicología, es muy común que dos o más diagnósticos se presenten juntos, lo que llamamos comorbilidad. Así pues, un mismo individuo puede padecer trastorno narcisista y mitomanía, de la misma manera que existen personas diagnosticadas con depresión y TOC, por ejemplo. O, llevándolo al terreno físico, no sería extraño conocer a alguien que sufre migrañas frecuentes, es diabético y, justo ahora, tiene gripe. En el mental pasa lo mismo, porque el ser humano es muy complejo, y el mismo conjunto de factores puede provocar dos o más trastornos psicológicos distintos en una sola persona.
¿Crees que es posible que un mitómano vuelva a reinsertarse en la sociedad tras reconocer y tratar su problema?
Sí, cuando hay una toma de conciencia del problema y motivación para solucionarlo sí es posible. El primer paso es justo ese: aceptar la conducta y comprender el vacío o la ansiedad que la provocan. Por eso, más que etiquetar, lo importante es analizar qué función cumplen las mentiras en la vida de esa persona, qué intenta proteger, evadir o alcanzar a través de ellas.
En ese sentido, existen terapias que ayudan a la persona a entender por qué miente de forma recurrente y a aprender a decir la verdad sin que aparezca el miedo al rechazo o al abandono. También es importante que pueda pedir disculpas e intentar reparar el daño provocado, lo cual ayuda a recuperar la confianza de los demás. Tener cerca a personas que den apoyo sin juzgar, pero que también sean sinceras, crea un ambiente seguro para empezar a ser uno mismo. El cambio no ocurre de un día para otro, pero con constancia, las recaídas son menos frecuentes y no afectan tanto a su vida diaria.
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