PRIMERA PARTE

Vísperas del mediodía y una calle. Las nubes ausentes, Eolo dormido, un sol que acorrala al azul, y una parada. La vista se traslada de una joven mulata con escote profundo al viejo que, silencioso, siembra su mirada en el suelo y, más allá, a una pareja que secretea sonrisas y múltiples besos a sedal. Una pausa no muy severa autoriza la llegada de un hombre con sombrero gris, y un poco después, de una mujer que hala a un niño. Hay silencio. Contra el fondo sofocante de la pared de atrás va cayendo pesadamente la misma pregunta siempre: ¿Quién es el último?

 En la calle los carros se deslizan como relumbrantes cuadrados y la mulata observa que casi todos llevan cristales de humo. «Desde que llegué no le he podido ver la cara a nadie de los autos», piensa. El niño corre de uno a otro lado, pero no abandona la sombra que ofrece el techo de la parada. La mujer que lo trajo se ha sentado a leer y usa un gesto intermitente para mantenerlo bajo el control de su mirada, que si se inclina un poco a la derecha, tropieza con el viejo, cuyos pensamientos embotados levitan al sopor como descoloridas ondas en el éter.

Tras efímeros desplazamientos originados por la llegada de otros virtuales pasajeros, el hombre del sombrero gris se va a sentar junto a la joven mulata. En un instante se inclina para mirarle delicadamente al pecho, y piensa que la textura de los bellos abultamientos debe resultar bajo sus yemas como tocar la superficie del chocolate tibio. La pareja al otro lado del anciano ya no se besa. El hombre sacude una pierna con el ademán pesado a que lo obliga el entumecimiento. Como un madero abandonado, el brazo de la mujer está quieto sobre su espalda.

 El tiempo usa toda su maña para mantenerlos así, unidos por el deseo o el apremio de partir hacia algún lugar de la ciudad. Desde la acera de enfrente, un rayo de sol podría ayudar a que se vean como figuras de retablo, enclavados como mejor pueden en las pulimentadas horas que no los han hecho desertar.

Al cabo de un rato la mujer lectora suspira. El viejo intenta moverse, pero le sobreviene un arrepentimiento desganado y se contrae. La joven mulata y el de sombrero conversan. «Yo vivo al otro extremo de la ciudad —asegura ella—, estoy obligada a esperar». Él parece atascado en un «eres muy joven, eres muy joven», sigiloso y un poco lascivo. «Creo que ahí viene», se entusiasma alguien y, automáticamente, todos echan de sí la pereza, pero en unos segundos el revuelo de una guagua para turistas hacia cuyo interior no se ve, les retoca con el fulgor de sus níqueles el cansancio de los rostros.

 Un giro de la paciencia, un misterioso fallo del instinto los lleva a esperar. Una mujer de las últimas en llegar hace dos o tres veces por marcharse, pero finalmente no se ha decidido. Complementa con un balanceo detenido la actitud de buda exótico que la ha fijado junto a la señal de parada, y los pliegues del vestido que casi le alcanza los pies son como un subtítulo para el sopor que la sumerge en una pose sonámbula. La pareja de los besos iniciales retoma los caminos del teatro amatorio y se besa ahora sin deseos de percatarse de que es observada. Besos estudiados, parecen más bien los suyos, todos en la boca.

El hombre con la cabeza rígida y la mujer, actuando por los dos, se incrusta en el bigote y después, al retirarse, deja un instante la lengua afuera, como quien jadeara. El viejo los mira secamente, pero ellos no lo ven.

 El sol continúa arañando el techo de zinc, es un animal incansable y los mortifica tamizando el calor a través del metal. Hay un ruido en el ambiente, alguien piensa en la música de edificios lejanos y a medida que se intensifica se dan cuenta de que lleva un rato entre ellos. Cuando el rumor puede ser traducido a lo cotidiano, comprenden que es el llanto del niño, que está de pie en un rincón y se niega a ir hasta la mujer que lo llama. Por fin se le acerca, ella lo levanta y pone al desnudo un seno rosado, algo áspero ya sobre la cima y en los alrededores. El niño acude a él con expresión indiferente.

 El del sombrero gris ensaya un dictamen sobre el significado de esperar. La mulata lo observa risueña, se arregla el escote y dice: «Es gracioso, parece que estamos apostados aquí para ser protagonistas de algo. Llevamos horas en esta emboscada del destino. Hay humanos cuyo castigo es esperar, y ellos lo cumplen sin decir ni pío». El del sombrero piensa decir: «Eres tan joven», cuando ve avanzar a un hombre de rostro agazapado en la sombra de una gorra con inscripciones en inglés. Viene del lado del viejo, que está de pie y mira sin mirar hacia la parte por donde aparecen las guaguas. El del sombrero gris ahora prefiere hacer silencio.

El otro ha visto a la mulata. Detenido frente a ella, serio y erguido, le hace pensar al del sombrero que desea saltar hacia el escote, convertido de repente en un clavadista suicida. La joven lo observa y escucha:

—Por dos como esas soy capaz de robar, de andar de esclavo, de volverme loco.

—Olvida eso, padre —le responde.

—Quiero sentarme a tu lado —insiste el de la gorra—, hablar contigo.

©Mr. Hyde.

 Entonces el del sombrero gris se interpone. Le dice que debe irse y el otro erige un gesto que lo desestima. El del sombreo se aproxima y lo golpea. Despacio, como si supiera que puede estarlo maltratando hasta la aparición de la guagua. Quiere repetir el movimiento, pero el otro ya tiene de aliada a una navaja. La gente los mira. Por primera vez han olvidado que están allí como convocados a esperar y que afuera hay un sol de garras insobornables, y ajenos carros que jamás los pondrán en sus asientos.

El de la gorra resuella. Hay un círculo que se ensancha y se recoge según los movimientos de los actores, y no se constatan palabras, solo el agresivo péndulo de los contrarios, sudor y alguien que se abre camino hasta ellos por entre el corro.

—¡Cojones! —grita el viejo silente.

 Solo eso. Después, como a sabiendas de lo que va a pasar, se retira hacia su banco y la pelea se disuelve.

 Alguien llama a la mujer del niño. Le dice: «Señora, cuidado con su hijo, no es bueno que ande solo entre la gente». «No es mi hijo —responde la mujer—, es mi nieto. Lo llevaba a encontrarse con su madre a las cuatro; ahora ya no sé».

CONTINUARÁ

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