En pleno siglo XXI, todavía no nos sentimos libres para reconocer que padecemos enfermedades o trastornos mentales por temor a ser estigmatizados. Aún se sigue sin comprender que es igual de importante la salud mental que la física. Parte de la sociedad continúa pensando que acudir al psicólogo o al psiquiatra es típico de personas débiles. Y si no es de débiles, es de locos. Muchas veces, en el propio seno de la familia se guarda el secreto ante otros integrantes. Se tiene miedo a las burlas, a las críticas, a los malos comentarios…
La historia de David
Te voy a contar la historia de David. A los «veintipocos» años le diagnosticaron una enfermedad mental leve. Era crónica, pero con un buen tratamiento farmacológico y psicológico podría disfrutar de una estupenda calidad de vida. En un primer momento, David hizo caso de los reparos de sus padres y solo tomó la medicación. Como en un principio se sentía bien, desechó la idea de la terapia al menos de momento. El problema es que la medicación llega hasta donde llega. Una pastilla no te ayuda a enfrentar ciertas situaciones que pueden resultar agobiantes, sino las herramientas que te aporta la terapia psicológica.
Cuando David se dio cuenta de que su avance estaba estrechamente vinculado a la terapia, decidió buscar un psicólogo con buenas referencias y precio asequible para su economía. Aún vivía en casa de sus padres, así que cuando comunicó la decisión de acudir a un terapeuta le dijeron directamente que no le apoyarían de ninguna de las maneras.
Fue un golpe duro para David sentirse tan solo en aquellos momentos tan delicados. No es fácil acudir al psicólogo y abrirte en canal. Para él, cada vez que acudía a consulta significaba sufrir un gran estrés. Después se sentía más fuerte, por lo tanto, pasar por aquel mal rato le compensaba. En casa nunca le preguntaron qué tal le iba la terapia. De hecho, el día que le tocaba ir, prácticamente le hacían el vacío como muestra de su desaprobación. David sufría, pero tenía muy claro que ir al psicólogo significaba invertir en su salud.
Acudir a terapia es solo para valientes
En una ocasión, su padre le invitó a comer porque quería hablarle. David imaginó por cuales derroteros irían la conversación, así que se preparó psicológicamente lo mejor que pudo. Cuando le estaban hincando el diente al segundo plato, el padre comenzó a decirle lo disgustado que estaba con él por tirar su dinero en terapia psicológica. Le reprochó que estaba siendo un irresponsable, e insinuó, que poseía una mente un tanto débil.
Para rematar, aconsejó a David que hablara de lo que le sucedía con un amigo de confianza, o incluso con un cura, porque con ellos lo podía hacer gratis. David calló. Se sintió triste por el poco esfuerzo que estaba haciendo su padre por comprenderlo, pero por lo demás, no le afectaron demasiado aquellas absurdas palabras.
Desde ese día, David se sintió aún más seguro de la decisión que había tomado. E incluso tomó una más: a partir de entonces no volvería a ocultar a nadie que tenía una enfermedad mental, la cual, estaba siendo tratada. Nunca más sentiría vergüenza por algo de lo que no era culpable. La relación con sus padres ya no volvió a ser la misma. David se lo tomó como el precio a pagar por romper tabúes en la familia y en su entorno.
La historia de David sucedió hace más de 20 años. Y estoy convencida de que a estas alturas del siglo XXI, sigue ocurriendo lo mismo en muchos hogares. Hacer sentir mal a alguien que decide ir al psicólogo está a la orden del día, y es que se sigue sin comprender bien sobre qué trata esta ciencia. He escuchado a muchos comentar que no creen en ella. Que es como decir que no creen en las vacunas, los antibióticos o los corticoides. En realidad son personas demasiado miedosas y perezosas para enfrentarse a sus demonios internos.
Entrar en nuestra intimidad más sensible, es solo para valientes. Por cierto, tomar la decisión de acudir a terapia no es típico de débiles mentales, todo lo contrario. Se requiere mucho valor y esfuerzo para enfrentarse a uno mismo, aceptar lo que sucede e intentar solucionarlo. ¿Y tú que piensas? ¿Te da vergüenza decir que vas al psicólogo?

