Las otras víctimas de la pandemia

El confinamiento fue un momento terrorífico para todos. Estábamos viviendo algo que sólo habíamos visto en las películas. Un virus asesino nos amenazaba a todos. La mayoría debíamos quedarnos en casa. Sólo podíamos salir a comprar o pasear al perro protegidos con mascarilla, guantes, y algunos hasta con gafas protectoras. El hecho de pasar tantas horas en casa supuso para algunos una auténtica tortura, no solo por el tema laboral y la imposibilidad de poder pagar las facturas, también emocionalmente. Muchos comenzaron a hacerse preguntas sobre su vida que antes no se habían planteado: ¿estoy donde quiero estar? ¿Realmente quiero a mi pareja? ¿Quizás esto es una señal para que cambie algunos aspectos de mi vida?

Estas, y muchas más, fueron las dudas que posiblemente surgieron en un tanto por ciento elevado de la población. Pensemos que una situación de emergencia tan tremenda como la que hemos vivido, es el caldo de cultivo perfecto para encontrarnos de bruces con nuestra más íntima realidad. En épocas normales, la rutina y los múltiples quehaceres nos anestesian en cierta manera. Nos acomodamos en nuestra zona de confort, esa que nos resulta tan placentera y no nos crea problemas. Durante el confinamiento, nacieron conversaciones, lazos y amores que sin el maldito virus nunca se hubieran producido. Unos, creyeron haber encontrado el amor que durante tanto tiempo habían estado esperando, otros, el amigo que lo comprende todo y nunca falla.

La historia de Irene

Os voy a contar una historia. Irene era una mujer madura que vivía en pareja pero se sentía muy sola. Durante el confinamiento la sensación de soledad se acrecentó. Él se encerraba en su despacho y apenas salía a socializar con ella. Esto hizo que Irene hablase muchísimo más con sus contactos de whatsapp. Todo el mundo parecía mucho más receptivo, así que era normal que después de teletrabajar pasara horas chateando.

De pronto, un contacto destacó entre el resto. Era un antiguo compañero de trabajo con el que alguna vez hubo un tonteo, que no llegó a nada, por estar ambos comprometidos. Ahora él parecía mucho más interesado. De la noche a la mañana comenzaron a hablar durante toda la jornada. Se divertían, hacían confidencias…hasta que un día él comenzó a introducir temas sexuales.

Irene siempre había sido muy tímida en ese terreno, así que él tuvo que insistir bastante para conseguir que le siguiera el juego. Poco a poco, Irene se fue sintiendo muy cómoda. Él era dulce, tierno, y tenía mucha paciencia con su timidez. Pronto, el sexo se convirtió en una parte importante de sus conversaciones. Era un momento excitante y divertido que les encantaba. Solo había un problema: él estaba jugando porque el confinamiento le aburría, y ella, se lo estaba tomando en serio.

Aquella historia, le había regalado una nueva ilusión a Irene…pero también se había convertido en una persona muy dependiente de los mensajes de él. Si bien cada mañana se despertaba ilusionada, el resto del día giraba en torno a las contestaciones que le llegaban de quien ella creía su nuevo amor. En el momento en que no recibía una respuesta, o la que recibía no era la que esperaba, Irene se hundía emocionalmente. Era consciente de que esa dependencia le perjudicaba, pero a la vez le regalaba grandes momentos de felicidad.

Con los meses, la situación sanitaria mejoró y el confinamiento llegó a su fin. Aparecieron las vacunas y de nuevo se permitió viajar. De repente, las conversaciones de whatsapp entre Irene y su «pseudoamor» ya no eran tan abundantes. Un día decidieron verse. Habían hablado mucho sobre lo que harían cuando consiguiesen estar frente a frente. Pero nada fue como Irene esperaba.

Comieron juntos. Él tenía prisa, no podía quedarse demasiado tiempo. Eso ya la decepcionó. Estaba frío. Ya no le hacía sentir guapa ni sexi. Se dio cuenta de que había dejado de desearla. Cuando llegaron a los postres, él agarró sus manos y le dijo: “No soy un hombre libre. Las conversaciones íntimas tienen que acabar”. Irene sintió cómo le extraían el corazón de cuajo. Se rompió por dentro. Pero consiguió no derrumbarse hasta llegar a casa. Le costó más de un mes salir a flote.

En un principio, ambos volvieron a hablar sólo como amigos. Pero aquella relación estaba herida de muerte, y acabaron perdiéndose en el olvido. Irene está muy bien. Tranquila y muy optimista. Con el tiempo, se dio cuenta de que aquello no era sano para ella, ni esa persona tan especial como pensaba. También se dio cuenta de que emocionalmente no estaba preparada para tener una nueva relación, y decidió centrarse en otros temas para los que sí estaba lista.

Muchas historias semejantes se han producido en estos años convulsos. Personas que son presa del aburrimiento juegan con los sentimientos de otras, las cuales, sienten una gran tristeza en su corazón y creen que el destino les ha deparado un encuentro hermoso. Al final, cuando todo vuelve a la normalidad…si te he visto o chateado, no me acuerdo. ¿Y a ti? ¿Te ha pasado algo parecido durante el confinamiento? ¿Te han ilusionado para luego dejarte caer al vacío? Cuéntanos.

Las otras víctimas de la pandemia

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *