El brazo ejecutor: la maldición del verdugo

“La gente huye de mí, unos me miran con miedo, otros parecen tenerme asco, pero no soy yo el que mata, la que mata es la ley.» (Cesáreo Fernández Carrasco, verdugo de Madrid a finales del siglo XIX)

Los verdugos siempre han estado señalados socialmente. Eran necesarios para impartir la sentencia capital, pero después nadie deseaba tenerlos cerca. En un principio, ejercían su oficio a cara descubierta, por lo tanto, todos conocían su identidad y no titubeaban a la hora de condenarlos al ostracismo social.

Con el tiempo, se decidió que llevasen el rostro tapado con la conocida máscara negra para que se mantuviesen en el anonimato, pero los vecinos lo acababan descubriendo tarde o temprano. Un secreto semejante resultaba muy difícil de ocultar durante mucho tiempo.

Las ejecuciones se realizaban mediante la decapitación o el ahorcamiento, así que los carniceros solían solicitar el puesto. Solían tener un buen conocimientos sobre anatomía, lo que les capacitaba para dar muerte al reo sin ocasionarle demasiado sufrimiento.

El desprecio de la sociedad

Como habíamos comentado anteriormente, los verdugos y sus familias eran discriminados por el resto de los ciudadanos. En muchas ocasiones, sus hijos no eran admitidos en los colegios. Cuando iban al mercado, no podían tocar nada. Estaban obligados a señalar con una vara lo que deseaban comprar, porque consideraban que sus manos lo infamaban todo. En ciertos lugares no se les permitía entrar porque eran vistos como «pájaros» de mal agüero, y cuando pagaban cualquier servicio, el que recibía las monedas se santiguaba tres veces.

Si deseaban casarse, la novia solía ser hija de otro verdugo. Los matrimonios se apañaban entre los de su «estirpe», ya que nadie más se relacionaba con ellos. En las iglesias tampoco eran bien recibidos, así que celebraban la boda en sus hogares.

Tampoco es que les compensase económicamente recibir tanto desprecio por dedicarse a ser el brazo ejecutor de la justicia. No cobraban mal, pero tampoco se hacían de oro. Además, las ejecuciones no eran tan frecuentes, por lo que debían buscarse otros trabajos para sobrevivir.

El brazo ejecutor: la maldición del verdugo

En ocasiones, los verdugos también se encargaban de ejercer la tortura para que los detenidos confesasen. No era raro que controlasen la seguridad de las casas de juegos o prostíbulos, y también podían dedicarse a cobrar los impuestos de las clases más bajas y desfavorecidas. Otros, tampoco hacían ascos al empleo de enterrador o pocero. En definitiva, se encargaban de todos los oficios que nadie deseaba por considerarlos desagradables e impuros.

Este oficio se acabó heredando de padres a hijos, ya que prácticamente nadie lo solicitaba aunque consiguiesen un trato preferente ante la ley y en los cementerios o pudiesen recibir buenas propinas por parte de los familiares de los condenados a muerte. El que podía, le daba cierto dinero para que la muerte fuese lo más rápida posible para su ser querido.

Ser verdugo en la Villa de Madrid

En Madrid, durante un tiempo, las ejecuciones fueron públicas. Las autoridades creyeron que de esta manera serían ejemplarizares, pero en lugar de eso se convirtieron en macabros espectáculos que atraían a los ciudadanos lo mismo que un Madrid- Barça. De hecho, las posadas de la zona hacían su agosto en días de ejecución y los comerciantes también.

Cuentan las crónicas, que lo último que veían los condenados antes de ser llevados al cadalso era la calle Santo Tomás, que se encontraba junto al actual Ministerio de Asuntos Exteriores, antigua cárcel de Madrid donde también estuvo preso Luis Candelas antes de ser ajusticiado. En la calle de Santo Tomás, residió durante años el verdugo oficial de la ciudad, así que los madrileños la acabaron renombrando como la calle o el callejón del Verdugo.

El brazo ejecutor: la maldición del verdugo
El renombrado callejón del Verdugo en Madrid, donde se encuentra la calle de Santo Tomás.

En la primera mitad del siglo XIX, Fernando VII decidió que se dejase de ahorcar a los condenados e impuso el garrote vil porque lo consideraba un método más humano…en fin… Este sistema monstruoso se estuvo utilizando en España hasta 1974, año en el que tuvieron lugar las dos últimas ejecuciones antes de abolirse la pena de muerte en 1978. La ejecuciones públicas se mantuvieron has 1890, la última que el público pudo «disfrutar» fue la de Higinia Balaguer, sentenciada a muerte por el famoso crimen de la calle Fuencarral. Se reunió la escalofriante cifra de veinte mil espectadores para verla. Sencillamente terrorífico.

Uno de los últimos verdugos españoles: Antonio López Sierra

Cuando comenzó a trabajar como portero de un edificio en Malasaña, no ocultó su pasado como verdugo. López Sierra, contaba su experiencia como brazo ejecutor de la justicia sin ningún problema a quién quisiera escucharle. En realidad, pocos deseaban hacerlo, y si podían, le rehuían. Siempre dijo que le daba igual ejercer cualquier oficio siempre que le diese de comer.

López Sierra llegó a realizar diecisiete ejecuciones, entre las que se cuentan la de Pilar Prades, la envenenadora de Valencia, y el famoso asesino Jarabo. Con este último condenado, el verdugo hizo una verdadera escabechina. Jarabo tenía un cuello bastante grueso, ya que era un hombre muy aficionado a acudir al gimnasio y a hacer deporte. Esto, unido a que López Sierra se encontraba borracho en aquel momento tan crucial, le costó atinar con el artilugio del diablo para conseguir romper su cuello y darle muerte. El reo estuvo agonizando de manera terrible durante veinte minutos.

La última ejecución de López Sierra fue al joven anarquista Salvador Puig Antich en 1974. El joven pertenecía al Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), los cuales luchaban en contra del fascismo y el capitalismo. Salvador, estaba en la lucha armada y se dedicaba a robar bancos junto a sus compañeros para poder financiar diversas publicaciones. En 1973, la la Brigada Político-Social ideó una emboscada para dar caza al anarquista. Finalmente fue detenido, pero antes hubo un tiroteo. Salvador mató a un subinspector y él acabó malherido. Su destino estaba sellado.

El día que Salvador fue ajusticiado, López Sierra hizo su labor tambaleándose por culpa del alcohol. Lo que provocó que sus manos estuviesen torpes y la muerte del condenado fuese lenta y dolorosa. Después de aquello, se retiró a la finca de Malasaña donde ejerció como portero hasta su muerte en 1986.

Si os apetece saber más sobre la historia de los verdugos en España, podéis adquirir el libro de Juan Eslava Galán, Verdugos y torturadores aquí. Uno de los mejores que se ha escrito sobre el tema.

El brazo ejecutor: la maldición del verdugo

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