SEGUNDA PARTE DEL CUENTO DEL DOMINGO ANTERIOR
Libero un botón. No le basta con uno, aclara, y dejo libre el otro, de manera que su mirada pueda andar espontáneamente por el sostenedor. Me observa con interés mientras mastica un bocado que ha recogido con la punta de su tenedor. Mastica con una sobriedad muy voluptuosa, y después me dice:
—Saber que detrás de ese artefacto está la piel lisa de un macho, me causa apetito y me causa enojo.
—Es un alivio —murmuro.
—¿Qué cosa?
—Saber que no eres un hombre simple.

Sólo después de tragar el bocado se aventura a sonreír. Pero lo he halagado con mi aseveración acerca de su complejidad. Para inquietarlo un poco (y para inquietarme a mí mismo), le confieso:
—Pues a mí me pone hambriento saber que tu amigo llegará de un momento a otro.
Ahora me acerca la copa. Me insta a un brindis, pero no confiesa la razón, ni contesta mi insinuación acerca de su amigo. Al beber se relame y se permite un eructo, breve, familiar, con la mano pálida sobre la boca.
—Mi amigo… —murmura por fin y vuelve a mirar en mi blusa semiabierta.
La vodka está fría y me resulta espesa en la boca. Es agradable imaginar que se va desliendo en la saliva el breve sorbo que retengo unos segundos, mientras miro a mi acompañante. Cómo dice que es gallega… Sé que si nos encontráramos en un sitio más apropiado él querría que me deshiciera de la blusa completamente, para lidiar solo con el morbo del sostenedor. Por eso meto un dedo en él y finjo acariciarme. Un dedo, el del medio, mientras los restantes quedan estirados en un gesto que imagino propio de las señoras de clase.
Por la ventana que tenemos enfrente se ve la llovizna en la calle desierta. Se ve más bien sobre el techo de un auto casi debajo de la ventana. Gotas sin gran convicción, reventando en silencio sobre el metal bruñido: «Me gusta humillarme un poco», susurro y siento lástima de mi amigo, que lo cree de inmediato. Estamos a mitad de la cena y empiezo a temer que debamos dejar el restaurante. Me asustaría que el amigo de mi amigo no apareciera, o que mi amigo se aburra y quiera poner fin al encuentro.
Temo despertar. De momento, elevo mi copa en un gesto mecánico, dándome tiempo, cuando se nos acerca la moza rolliza. Mira con una ironía taciturna, primero a mi compañero y después a mí, advirtiéndonos que se dispone a sentarse a nuestra mesa. Retiro el sobretodo de la silla vacía y lo dejo sobre mis piernas mientras ella se nos une, como si fuera natural en aquel sitio un trato tan íntimo con la clientela. Pero ha venido a molestar, a poner un paréntesis innecesario entre mi acompañante y yo; un paréntesis peligroso.

—Puedes quitarte la blusa —la escucho con sorpresa.
Hago a un lado la vodka y la interrogo en silencio.
En silencio ladea la cabeza, para que siga su mirada. Advierto que hay otros parroquianos con sus camisas abiertas, con sus blusas sobre el espaldar de las sillas, con sus hombros a la vista, con sus senos al aire.
Sonrío y tomo el vaso. Me lo llevo a los labios, cuando la moza deja al descubierto su sostenedor de color verde, como el gorro de mi acompañante. Es una pieza enorme, repleta de carne, hecha de seda gruesa y tirantes que deben estar incrustados en los hombros de la mesera. La miramos al unísono: mi amigo con curiosidad; yo con curiosidad y asombro. Mi compañero le pasa su copa y le pide que beba. Ella se da un trago y repite lo que ya me dijo, pero ahora entona con firmeza.
—Quítate la blusa —y mi amigo se recuesta, a la expectativa.
Como sigo molesto, él le ofrece ahora de mi vodka.
—No sabe manejar su identidad —le dice.
Me quito la blusa. La asiática se me aproxima y me da un beso. Lo hace a manera de recompensa, como si me lo hubiese ganado yo mismo con el gesto de quedar en ropa interior. Estamos uno al lado de la otra y mi amigo nos observa. Sus ojos van a saltos de uno a otro sostenedor, de uno a otro volumen: «Me gusta humillarme un poco», articulo mirándole a los labios, en un hilo de voz que no podrá traducir la mesera.

Él me comprende, pero todavía se cree superior: «Ahora el sostenedor», dice la mesera olvidando que me apresto a un trato a fondo con el muchacho, no con ella. Pero no estoy dispuesto a complacerla. La miro fijamente, por cortos segundos, en espera de una reacción que ya malicio. Se torna seria, como si no creyera que la desafío, y se pone de pie, pero mi compañero la ataja, la empuja, la golpea en la cara.
—Dale tú —me ordena y miro a la moza.
No sé cómo no comprendí antes la esencia de su atractivo: es buena para ser golpeada. Avanzo hacia ella y le busco los ojos. Carece de expresión, me digo, como si fuera un animal. La golpeo y mi amigo se muestra inconforme.
—Dale proporcionalmente —me explica.
Se refiere a la cualidad de la mesera, a su gordura excesiva. Sin embargo, cuando me le echo encima nuevamente, ya mi compañero ha vuelto a entendérselas con las obleas. Yo golpeo a la moza y él cata su plato, como si acabaran de traérselo. Yo la golpeo y los cocineros al otro lado del cristal levantan la vista modestamente, pero vuelven a su rutina.
Confieso que me intriga la actitud de la gorda. Se defiende poco, acaso con un recular insuficiente, como si tuviera remordimientos por recular. La golpeo y apenas eleva los brazos, inmutable todavía.
—Aún no le has dado en la vena del gusto —explica mi amigo—, aún no ha visto sangre.
Me detengo para observar a la gorda. Creo que ha comenzado a sonreír y entonces la golpeo directamente en la boca, con mucho más fuerza que antes. La oigo suspirar y cuando se topa con la pared le arranco el sostenedor. Los senos colosales están apenas tocados por dos cerezas minúsculas, situadas disparejamente: en el derecho hacia arriba y en el otro hacia un lado. Son masas más bien deformes sus tetas, que le prensan el esternón y la vuelven repulsiva, pero comprendo que los pezones no están mal. Así me gustaría poseerlos si tuviera tetas yo mismo.
La abandono y regreso a mi mesa. Me llevo la vodka a los labios, pero aún jadeo, por lo que derramo unas gotas. La mesera se aleja y los parroquianos aplauden, mientras mi amigo se empeña en restarle importancia a lo que le exijo:
—Vámonos; necesito aire, necesito ser yo mismo.
Levanta la vista y se ríe, como quien sigue al mando. Para darle tiempo, me pongo la blusa y la abotono sosegadamente.
—Vámonos —repito.

Como quien se despereza, como quien vuelve en sí, hace a un lado el tenedor y toma la chaqueta.
Salimos. Para no mirarle a la cara, me entretengo en cualquier cosa, en la llovizna ahora casi imperceptible, en la luz pajiza del farol de la esquina, en el poster que frente al restaurante anuncia un concierto de Silvio Rodríguez, en el auto que atisbáramos desde nuestra mesa minutos atrás. Es un Seat Altea con las ruedas de un lado sobre la acera y las del otro sobre la calle. No parece el auto de ningún parroquiano, sino más bien algo ensimismado en espera del día.
Como ya han cerrado el metro, seguimos andando hasta la Gran Vía, donde imagino que nos separaremos. Faltarán unas tres cuadras, cuando vemos que nos siguen. Le pido a mi amigo que esperemos y en unos instantes se hace visible la mesera, que viene cabizbaja, como si fuera un animal que por fin reconoce a su dueño. Llega a nuestro lado y parece titubear mientras se abre el sobretodo. Enseña las tetas enormes (me las enseña a mí) y declara que ha sido una estúpida, que tampoco ella sabe manejar su identidad. Evito seguir mirándola. Tiro del brazo de mi amigo y lo arrastro hacia la Gran Vía. Imagino la cara de la muchacha, imagino que vuelve al restaurante y me ajusto el gorro casi con satisfacción. Sé que la cruz está derecha, en perfecta simetría con mi nariz.
