A fines del invierno de 2018 una eventualidad me condujo a la casa del novelista Iván Turguéniev, en las cercanías de la ciudad rusa de Oriol. Recuerdo borrosamente los contornos de la hacienda en Spáskoie-Lutavínovo: ahora no sé si las cornejas sobre un árbol a la entrada son una imagen que se infiltró con posterioridad en mi memoria, o son algo más real.

El interior de la vivienda era cálido y sereno. A veces todavía evoco las habitaciones breves, las cortinas caladas y el sol que caía sobre una mesa de madera pulida. Pero mientras atravesaba aquellas piezas, no me abandonó la idea de que estaba profanando un sitio que no fue pensado para que escudriñaran en él los peregrinos. En propiedad, Iván Serguéievich Turguéniev (1818-1883) no pasó gran tiempo en la hacienda. Se sabe que hacia 1843 estaba en Berlín, y que, tras algún lapso en Rusia, al término de los estudios universitarios, se fue a París detrás de una cantante de nombre Pauline Viardot.
Pero alguien se empeñó en que la casa en las afueras de Oriol conservara su hálito, y, así sea de modo un tanto artificial, creo que lo consiguieron. De manera que aquella tarde de cielos despejados en que el invierno comenzaba a agonizar en los dilatados campos de Rusia, busqué y no pude hallar una aproximación con Turguéniev, cuya noveleta Aguas primaverales yo había leído satisfecho en la adolescencia.

TURGUÉNIEV VS KAFKA
El asunto es que la anfitriona de la casa-museo tampoco ayudaba. No era lo que se dice una rusa ordinaria. Me llamó la atención su pelo negro, y el contraste que establecía con los ojos de un verde laurel que, sin fundamento alguno, supuse artificial. Durante el paseo por el jardín, antes de internarnos en la vivienda más bien discreta, alguien le dijo que podía resfriarse, que todavía no estaba el tiempo como para andar con la cabeza descubierta, y ella, risueña, aseguró que, liberando el cabello a finales de febrero, las mujeres escitas adelantaban siglos atrás la llegada de la primavera.
Estábamos en el recibidor cuando, sin que viniera al caso, mencionó a Franz Kafka. Aseveró que nada la había impresionado tanto en su vida de lectora como aquel relato, Josefina la cantora, y le brillaban los ojos al decirlo. Después se las arregló para, mientras nos daba explicaciones sobre los objetos de la casa, seguir hablando de Josefina la cantora. Sus comentarios no eran desatinados, pero el fervor con que se expresaba me intranquilizó.

Porque comprendí que había una innegable violencia en evocar a la rata kafkiana en la casa de Turguéniev. Era una profanación, cuya reminiscencia —lo comprendí más tarde— pondría en juego todas mis ilusiones en torno a la literatura.