SEGUNDA PARTE Y FINAL

Grosellas, granadas, flor de cera, zefirantes, jazmín, calistemón, cassia, pompeya. Habrá quien diga que mi vida es un jardín. Cualquiera que no me conozca, que ignore mi apuro cuando no puedo darle lo que desea, cuando me estoy quedando sin provisiones y él, como a sabiendas, se agita furioso y pregunta, exige alimento. Esto trataba de explicártelo anoche, pero como estaba demasiado nervioso, creo que no podrás entenderme bien.

Por eso lo repito hoy y es probable que siga repitiéndolo sin descanso en la infinidad de cartas que voy a escribirte hasta estar bien seguro de ser escuchado, hasta comprender que te han tocado mis palabras, hasta presentir que te levantas y echas a rodar una mirada por el cielo y te escurres la emoción de la mejilla y sacas unas armas misteriosas —cuáles son, no puedo imagi­narlo, aunque he oído que los dragones se matan con espejos—, y buscas un paño para limpiarlas de polvo y de modorra y partes decidido por el único camino que tan bien he dibujado entre las letras de mis cartas.

MARIPOSAS

Hoy lo he alimentado con mariposas. Está tranquilo, aunque sé que es por poco tiempo. Anoche por primera vez me agredió. Despertó de madrugada, cosa extraña. Quería comer. Pero, cuando por economizar un poco las escasas reservas, probé a ofrecerle aceites esenciales provenientes de la hoja y no de la flor, como los de la filigrana, el geranio y el vencedor, se lanzó sobre mí amenazante. Cuando corrí aterrorizado, adivinó que iba por las flores y detuvo el ataque. Logré tranquilizarlo con algunas campanas y damas de la noche, pero ya sé que nunca lo podré engañar.

Ahora deberé redoblar mis peripecias en procura de alimento para contentarlo, algo ya tan difícil. Porque ahora no aparecen ni las flores de sándalo, aunque esté insinuándose el mes de junio, ni aun la gloriosa con su eterno afán de desvestirse. Hasta la ipomea blanca, de aceites breves y hojas chamusca­das, se ha batido en retirada. Acaso después de mucho andar, en una hondonada húmeda y defendida contra sol y viento, me sea posible todavía apoderarme de unos cuantos anturios, corazones heridos de fragancia casi seca.

SIN ESPERANZA

Pero para más ya no me queda esperanza. Sé perfectamente lo duro que ha de resultarme en adelante encontrar un solo ramo de solandras, cuyo olor, aún a distancia, incluso con viento calmo, obraba en él un prodigio indescriptible. Ya no tendré manera de hallar una sola tumbergia o un solo fausto porque tanto ha olido y tan vorazmente, que las plantas no tienen tiempo de crecer y ya debo cortarlas para arrimárselas. Ni siquiera los framboyanes abren sus ramilletes, aunque esas flores nunca le gustaron y solo podía convencerlo de que las oliera al cabo de prolongados litigios con el viento, tras innúmeros pases casi pegado a sus narices, con el miedo a un mordisco revoloteándome delante de los ojos.

Como tampoco he vuelto a tropezarme con la reseda, fuente de la alheña, ni aun con la inapetecible flor de lis, con el ave del paraíso ni con la piscuala, aunque agosto camine año adentro con presteza irrevocable. Mi único sostén ha sido la idea de encontrarte, quiero decir de verte llegar un día a luchar contra el monstruo. Es la única esperanza que hasta este minuto me he negado a abandonar. A huir no me atrevería tras aquella primera experiencia. Tampoco tendría sentido hacerlo.

POR ESO ESCRIBO SIN DESCANSO

Por eso escribo sin descanso, aunque —debo ser sincero— ya tu imagen en mis sueños no es tan nítida, al evocarte ahora siento que te da trabajo levantarte, que por un momento olvidas dónde descansan esas armas aún no estrenadas, a las cuales después sacudes el polvo con desdén, casi con desparpajo, y al salir al camino el avance se te da de manera torpe, te detienes a beber más de lo debido y en realidad añoras el calor de tus habitaciones, donde nadie te exige que demuestres ser el héroe que muchos nos empeñamos en que seas.

Pero lo peor de todo es tu cara. Porque cuando trato de acercarme tu visión, veo sólo unas manchas allí donde debieran ir los ojos que te imaginaba claros y de nuevo manchas allí donde la frente, que te imaginaba amplísima, y de nuevo manchas sobre la barbilla.

He vivido solo entre las flores. Llevo décadas, y quién sabe, de mirar y tocar tantas flores, aunque muchas no recuerdo haberlas visto. Por raro que parezca, ahora mismo no podría precisar el color exacto o el tamaño de ­las amapolas, del galán de noche o de los aguinaldos que le traía durante las pascuas, después de peleárselos a las abejas. He vivido solo. Cuánto tiempo habrá corrido desde que sentí la última mano sobre mi hombro, o desde que escuché la última frase de consuelo, no ya de espe­ranza.

La única en decirme algo al parecer sensato fue una anciana a quien encontré hace poco, una tarde en que recolectaba rosas. La vi caminar hacia mí despa­cio, tendida sobre la pierna derecha y al llegar me escarbó sin miramientos en el fondo de los ojos. Yo le ofrecí una rosa. Sus palabras fueron cayendo como piedras en el agua.

—¿Y por qué no dejas que te mate? —me dijo.

Después se fue. No alcancé a verle la intención de la cara. Pero no voy a escucharla. Prefiero seguir penando hasta caer sobre mis propios pies. Hasta ser devorado por el cansancio que me atormenta a todas horas. Todo menos el suicidio. Tampoco el juego piadoso de las cartas. Aún dentro de mi ensoñación, poco o nada me apacigua ya la idea de escribirme cartas a mí mismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *